¡Vente conmigo!
Ernesto Fernández Samaniego
“Vente conmigo”. Era marcadamente distinto. Apenas tuvo infancia. Su estatura y corpulencia le catapultaron a una infinita adolescencia, de desgarbado acné, de timidez vacía y marginadora, de sexo desconocido e imposible, el ajeno, de compañeros crueles y ropa de adulto obligada y costosa. Odiaba jugar con otros, incómodamente resignado a su torpeza, a su altura casi cómica, a la confusión sobre su edad, a su latente tristeza. A veces, gente seguramente morbosa, se hacía fotos a su lado. Se sentía marioneta, anécdota, dolorosamente especial.
Estaba subido a ese extraño pedestal que le hacía diferente, llamativo, ajeno a la disposición normal de lo más común, de lo cotidiano. Vivía escondido, abrumado. Pesaba demasiado, medía demasiado, comía demasiado, destacaba demasiado. El placer de viajar se tornaba en asientos de juguete bajo piernas interminables, la urgencia del baño era un zulo dentro de un bar, donde entrar o salir requería instrucciones. Era enorme. Era distinto. Era peor. O eso pensaba. Fueron años largos, lacerantes.
Aquel soleado día paseaba buscando una tienda barata donde comprar otro reproductor de música, uno más. La música, siempre con cascos, le confortaba, le rescataba de su realidad, le aislaba de todo y de todos. Alguien golpeó su hombro: “¡Vente conmigo! ¡Prueba esto! ¿Alguna vez has jugado al baloncesto?”
No pasó mucho tiempo. Musculado, 2,10 m, coordinado, potente, seguro de sí mismo. Aprendió a competir, a obedecer con agrado, a respetar al rival, a mirar hacia arriba a algunos amigos, no demasiados –pero ya no importaba–, a hacerse respetar, a que una acción suya mereciera aplausos, a compartir ropa y confidencias, a jugar a peleas sin hacer daño, a lucir orgulloso espalda, bíceps y torso, a saltar para poder llegar a algo, a ese aro, majestuoso y brillante, salvador de su penar. Vivía, por primera vez, en su propia vida… Era un brillante deportista, un enorme saco de virtudes, humanas y deportivas. Era poste, pívot, cinco, ‘center’. Era grande y poderoso, pero humilde. Era feliz.
El momento de saltar a la pista casi olía diferente, la zona era su casa, sin hipotecas, firmaba autógrafos, sus compañeros eran como él, su vida era para él, su hotel era suyo, su cama era enorme, y se gustaba. Su madre le seguía acariciando, pero la caricia del destino se la ofreció su mano amiga, su mentor.
Escoger es un arte, pero acertar es la obra maestra.

Es la historia de cientos de chicos en el mundo.Un enorme artículo.
Escriba su comentario acerca de esta noticia: