¿Veremos la luz con Endesa?
Mikel Cuadra Aguirre
Mientras los chiringuitos se llenan de cerveceros compulsivos (que cuando vuelven a sus sombrillas se mueven entre arenas movedizas), las hamacas de cuerpos carbonizados, y las carreteras, estaciones y aeropuertos de enloquecidas maletas arrastradas por millones de estresados que lo que consiguen es estresarse aún más; la ACB ve la luz en forma de recibo domiciliado sin temor a que se la corten (la luz, no piensen mal).
Que las ligas tengan nombres de primeras marcas que cotizan en el IBEX, aunque no ande la Bolsa para echar cohetes (sino más bien a punto de explotar), me suena a gran titular que hay que llenar de contenido. El reparto equitativo del pastel luminario entre los clubes, no llega ni para pagar el sueldo anual de un jugador medio del escalafón baloncestístico. Si a esto añadimos las miserias de los estamentos públicos, cargados de coches oficiales, y otrora sujetadores de la mayoría, la situación se antoja complicada. El guiño entre ACB, FEB y ABP hacia las canteras (si es de veras) se me antoja una de las soluciones futuras en un baloncesto cada vez más impersonal y apátrida. La gente se acuerda más de Epi que de un ciento de ‘Vic’, ‘Son’ o ‘Aitis’ de medio pelo y desde ahí es desde donde debe arrancar el futuro de una liga con luz propia.
Hasta ahora sólo los buenos resultados deportivos o los apoyos institucionales han logrado mantener con vida a la inmensa mayoría de los clubes. Cuando unos u otros se han ido al garete, los concursos (sin bote) en los clubes han sido inevitables. Si ganas hay foto, visitas guiadas por ayuntamientos, diputaciones, cohetes, banda de música y portadas locales llenas de votos. Si pierdes la peste llega en forma de ninguneo.
El nombre suena grande, Endesa, pero si no se engrandece una liga tediosa seguiremos con el apagón. Alejémonos de los resultados donde un aro se aburre y la grada se llena de pijamas o camisones; creamos en los nuestros para que la gente los sienta más cercanos, para que pasadas las décadas se sigan acordando de sus apellidos, dejemos de mirar fuera cuando los de casa son los mejores de Europa entre los 18 y 20 años, y demos oportunidades a los técnicos patrios que quizás no tengan nombre pero sí tanto o más conocimiento que los llegados de fuera con apellido.
Siempre es adecuada la luz para disipar sombras y nunca es tarde si la autocrítica es buena aunque se haga a oscuras.






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