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Domingo 05 de febrero de 2012

Al Mundial de Argentina en Vespa

Deje su comentario  Ver comentarios 10-12-2003 00:13:33
Miguel A. Font

Corría el mes de diciembre de 1989 y con mis 20 años recién cumplidos comencé a preparar una nueva escapada sudamericana para los meses de verano. Mi padre trabajaba en IBERIA, lo que me permitía conseguir billetes a “módicos” precios. Durante el año ahorraba dinerito haciendo chapucillas o rascando algo de lo poco que cobraba como entrenador de categorías inferiores. La jugada maestra consistía en alargar al máximo la estancia en el país de destino estirando el dinero que hubiera logrado juntar. Cuando se acababan los dólares procuraba estar lo más cerca posible del aeropuerto donde esperaba el siguiente vuelo a Madrid.

Conocer otras culturas, viajar con lo puesto y buscarte la vida para comer y dormir me enseñó a disfrutar y apreciar la vida. Aquella forma de entender los veranos me enganchó convirtiéndose en habituales mis correrías por Panamá, Colombia, Ecuador, Bolivia…

El único inconveniente era que me veía obligado a viajar en solitario, una experiencia muy recomendable, pero al fin y al cabo cuatro ojos ven más que dos y las risas son mayores. ¿Cómo coño convencer a algún amigo estudiante para pagarse un billete al otro lado del charco cuando lo que le ofreces es una vida de vagabundo?

La solución surgió por casualidad. R. M. M. (no diremos más que sus iniciales aunque merece ser señalado con el dedo) era un antiguo compañero de clase, de equipo y entrenador cuyo padre también trabajaba en IBERIA. La celebración en Argentina del Mundobasket 90 ponía a huevo nuestra alianza.

Como en otras ocasiones, comencé el viaje investigando sobre el país, planos, distancias, clima, costumbres, gastronomía, etc.… Recuerdo que establecimos unas comidas periódicas en las que compartir nuestros descubrimientos sobre Argentina e ir perfilando el viaje.

¡Viajar con un amigo y encima ver baloncesto del bueno en directo! Durante todo el invierno anduve inquieto deseando que llegara el día de la partida. Incluso, iluso de mí, pensé que si hacía todo lo posible porque R. M. M. disfrutara a tope, quizás se convertiría en mi compañero para futuras escapadas.

A un mes escaso del día D llamé exultante de alegría a R. M. M. para comunicarle que ya tenía el billete en mi mano, que el sueño comenzaba a hacerse realidad y que nada ni nadie podrían estropearlo. Al otro lado del teléfono mi querido y malqueda amigo se limitó a contestar:

-Bueno, es que yo no voy a ir.

Así de fácil y sin más explicaciones. ¡Toma ya!

Recuerdo que estaba en Mataelpino (pueblecito de la sierra madrileña) entregado por completo a cogerme un buen pedo en un intento por descargar la rabia que sentía hacia mi amigo, cuando se me acercó Javi y comenzó a charlar.

Entre trago y trago le relaté lo sucedido mientras él, “El Pelos” para los amigos, se ponía al día en copas y me escuchaba interesadamente.

Cuando terminé, la historieta y otra copa, “El Pelos” sonrió y resbalándose ya la lengua, me dijo:

-Yo me voy contigo. Vendo la moto y me pago el billete.

En ese momento yo ya tenía una mierda como un piano y recuerdo que en el típico instante de exaltación de la amistad entre borrachos le contesté:

-Si tú vienes, en lugar de tragarnos el baloncesto nos damos un paseo por Argentina.

Tras lo cual y como no podía ser de otra manera nos fundimos en un abrazo luchando por mantenernos en pie.

Después de aquello y superado el tremendo dolor de pelota del día siguiente no volví a saber nada de “El Pelos” y, por su puesto, no se me pasó por la cabeza, si es que me acordaba, que fuera a vender su querida Vespa para cruzar el charco conmigo.

Diez días antes de mi marcha, resignado a viajar de nuevo en solitario, sonó el teléfono y me abalancé sobre él confiando por un instante en que R. M. M. hubiera cambiado de opinión.

-Miguel, soy “El Pelos”, ya tengo la pasta para el billete.

-¿De qué estás hablando?

-¿No te acuerdas? He vendido la Vespa y me voy contigo.

Vimos algunos partidos de España durante la primera fase, visitamos las cataratas de Iguazú cruzando Argentina en autobuses destartalados, durmiendo en el suelo, colándonos en el Sheraton para gorronear ducha y cama a los enviados especiales del "Diario 16". "El Pelos" compartió su dinero conmigo cuando a mí se me acabó, y logramos establecer la marca de 26 días de estancia.

La final del Mundial entre la URSS y Yugoslavia, su último partido antes de la escisión, fue irrepetible. Los Petrovic, Perasovic, Cutura, Kukoc, Paspalj, Zdovc, Obradovic, Curcic, Divac, Komazec, Jovanovic y Savic jugaban con los ojos cerrados. Ellos pusieron la guinda al viaje, pero quien logró que fuera irrepetible fueron “El Pelos” y su Vespa.

“El Pelos” y yo volvimos a viajar juntos y a día de hoy es una de las personas a las que más quiero en este mundo (aunque nos veamos poco).

R. M. M. ocupa un puesto de responsabilidad en un club de baloncesto español y aunque le tengo cierto aprecio nostálgico por la infancia compartida, nunca se me ocurriría llamarle para charlar o tomar una caña. Además, sólo sabe hablar de baloncesto.

Yo sigo ligado al baloncesto en el trabajo diario y como entrenador en mi tiempo libre, pero hace tiempo decidí no obsesionarme con la pelotita, entre o no entre, y utilizar este maravilloso juego como excusa para conocer gente maja y disfrutar de la vida. En ello estaba hace unos días en Málaga con Rosi y Paco cenando pescaíto cuando me animaron a contar esta batallita.

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