Andrés Montes, ese feliz niño grande
Martín Tello
Adiós, dandy. ¿Cómo puede ser un dandy alguien bajito, gordete, calvo y miope? Pues tú lo conseguiste, querido Andrés. A partir de ahora, en los viajes, me acordaré de ti cuando vea a alguien inspeccionando los estantes de cualquier tienda de discos, o eligiendo camisas y pajaritas en algún comercio elegante. La vida puede ser maravillosa, nos decías. Tú, desde luego, la hacías agradable en tu entorno. Ese niño alegre que llevabas dentro nunca permitió que te tomases la vida absurdamente en serio, nunca dejó que los dramas externos apagasen tu mirada risueña ni tu optimismo pertinaz.
Vendiste muy bien el tranvía, querido Andrés Montes, porque lo hiciste con desenfado y originalidad. Tu club de fans estaba repleto de gente joven, porque en ti reconocían un coleguilla con ganas de ser feliz sin complicaciones, de eludir reglamentos y amarguras. En el departamento de marketing de la NBA, división europea, deberían colgar una placa en memoria tuya, Andrés. Sólo con un locutor tan ameno y chispeante como tú eran digeribles esas madrugadas de partidos soporíferos e interminables. Ese niño alegre que llevabas dentro tenía una gran habilidad para adjudicar motes, establecer lemas. Será difícil que el baloncesto, el periodismo deportivo, encuentre una voz tan entrañable y carismática. Con tu última jugarreta, Andrés, nos haces la vida un poco menos maravillosa.





Escriba su comentario acerca de esta noticia: