Bapori
Antonio Gómez Carra
Pues sí; es un nombre extraño, pero es de esos que no son importantes en el baloncesto de élite. Es un español de color, es de procedencia de una de nuestras últimas provincias de ultramar, Guinea Española. Él es español y siempre que habla de nuestra patria común se le iluminan los ojos de orgullo, de serlo. A mí me emociona, porque en sus años en España, casi toda la vida, ha adquirido ese empaque, esa dignidad, esa hidalguía de lo hispano. Es de esos españolitos de allende los mares que te hacen sentirte minúsculo ante esos seres de otras razas, religiones y lugares que aman lo hispano, mientras otros de acá, más próximos, vituperan la grandeza de serlo.
Me lo encontré hace unos días, ya es un hombre hecho y derecho, y casado con una española blanca, rubia y de ojos azules, con dos hijos guapos pero sin los ojos del color de la madre, lo oscuro es dominante.
A finales de los años setenta y principios de los ochenta, yo en el baloncesto entrenaba de todo, trabajaba de lo que podía y aparte de llevar un equipo de base de Estudiantes creo que compaginaba esto con otro de chicas y casi ni me daba tiempo a mis otros trabajos profesionales (aclaro que tengo siete hijos).
Me surgió el Colegio San Fernando de la Diputación de Madrid y me adjudicaron un equipo infantil-cadete. En dicho centro se educaban chicos de familias desestructuradas, sin medios, con padres que abandonaban a sus hijos. Estos jóvenes eran firmes candidatos a caer en la droga y la delincuencia. Con ese tipo de personas me encontré y ahí estaba nuestro Bapori, hijo de familia numerosísima, como de 13 hermanos, y sin recursos. Aquel equipo se entusiasmó por nuestro deporte, estuve con ellos cuatro años y hay que decir que nuestro hombre de corta estatura (como buen guineano), era un base inteligente y extraordinario. El equipo jugaba el campeonato escolar, era entusiasta y guerrero, todos ávidos de aprender, necesitados de apoyo y de un afecto casi paternal que yo les intentaba transmitir; eso sí, se hubieron de adaptar a la disciplina del equipo. A pesar de ser proclives al conflicto, el baloncesto les orientó, su comportamiento en clase mejoró mucho y en la cancha, con su entusiasmo y garra, desfogaban sus inclinaciones negativas, se convirtieron en unos buenos ciudadanos y grandes entusiastas de nuestro deporte, se integraron tan bien que seguían la Liga Nacional y, sobre todo, al Estudiantes y al Real Madrid.
Cuando recuerdo a aquellos chicos me emociono, porque pienso que ni el baloncesto profesional, ni la élite amateur, me ha dado tanta satisfacción como ver salir adelante a estos muchachos. Todos se han integrado en la sociedad, todos siguieron jugando en equipos autonómicos o de segunda nacional; algunos, como Bapori, se hicieron entrenadores y hoy en día, por esa excelente iniciativa benéfica de la Diputación y con el gran acicate del baloncesto, podemos decir que hay un grupo de hombres que están dentro de la sociedad.
Esto es lo bello de nuestro deporte y a la vez lo desconocido, esta debe ser una filosofía a aplicar en la sociedad tan egoísta en la que vivimos. Estos conflictos de profesionales que nos rodean, no se pueden comparar a lo bello de un trabajo con este tipo de personas, ni ascensos a ACB, ni entrenar a la élite.
En un lapsus de once años cambié de población por mi trabajo oficial. A mi regreso a Madrid, estos chicos del San Fernando me localizan y se reúnen conmigo. Ahora son hombres situados, algunos casados y con hijos, seguidores del ‘albondigón’; no me olvidan, ni yo a ellos, son mis Bapori, Rodrigo, Eugenio, Ismael, Jorge, Follana, Manolo… Seres desconocidos pero para mí grandiosos, porque me siguen dotando de la ilusión de seguir propagando la afición de mi vida.
Bapori hoy en día tiene una empresilla y viaja a Guinea para trabajar en la enseñanza profesional, para conseguir mano de obra de especialistas de oficio de la que allí andan muy escasos.





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