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Jueves 17 de mayo de 2012

Creciendo con Rodrigo San Miguel

Deje su comentario  Ver comentarios 27-11-2003 01:59:25
Jorge Albericio Fenollosa

Rodrigo San Miguel es un manantial de buen baloncesto. Un joven jugador de 18 años natural de Zaragoza, formado al abrigo del cierzo, ese indomable viento que cincela el carácter de los maños. La evolución en el juego de Rodrigo ha venido siendo observada con mucho cariño a orillas del Ebro, sobre todo durante los años en que el basket aragonés se confundía con Los Monegros (este es el nombre del mayor desierto de Europa, y queda muy cerca, conforme se pasa el Pilar, a mano derecha). El chico era un derroche de talento y la prensa ya le colocaba en el objetivo de los grandes clubes continentales. La milagrosa resurrección del CAI Zaragoza el verano de 2002 contuvo el éxodo de la última perla de la otrora prolija cantera zaragozana.

La temporada pasada Rodrigo San Miguel fue producto de consumo a nivel nacional. El debut de un adolescente virtuoso en LEB no es, desgraciadamente, acontecimiento habitual en nuestro baloncesto. Menos aún si se le concede un considerable grado de responsabilidad, segundo base en un equipo de grandes aspiraciones como el CAI. Fue entonces cuando Rodrigo se hizo un hombre. Un tortuoso año deportivo le enseñó más que todos los campeonatos internacionales, finales y partidos definitivos que hubiera disputado hasta ese momento. El chiquillo de pelo alborotado que deslumbraba en el patio del colegio, el imberbe driblador de mozos siempre de más edad, se convertía en baloncestista profesional.

El discurso que ha mantenido San Miguel desde el primer día que se colgó los tirantes rojillos es inusual en los tiempos que vivimos. Él quiere jugar en Zaragoza, formarse, progresar y triunfar; llevar al equipo de su ciudad al título de la NBA. Tal determinación no se limita a un sermón hueco dictado por el único jugador autóctono de la plantilla; queda refrendado con hechos, con renuncias expresas a ofertas, a cambios desestimados por no deseados. Rodrigo ha mantenido una voluntad tan firme como su convicción de aportar a un colectivo del que quiere llegar a ser referencia.

Este base ha mostrado la potencia de su tren inferior, la clarividencia de su cerebro y su entrega incondicional a los nueve mil espectadores del pabellón Príncipe Felipe. Algunos han visto en él la reencarnación de Pepe Arcega, otro director de juego excepcional que procuró un sentido ambivalente a la afición zaragozana. Pero todos lo han adoptado como símbolo de un CAI esperanzador que no se acaba de concretar, de un equipo que ha de recuperar la esencia del baloncesto en una ciudad que se despereza. El chaval todavía no es la estrella del grupo, porque para eso se cuenta con elementos en los que tal requisito figura expresamente en su contrato escriturado en cifras, pero sí una pieza vital de la que no se puede prescindir, por el bien común. Rodrigo no sabe tirar porque es un producto de la agreste tierra aragonesa, pero el lanzamiento es un aspecto entrenable y por lo tanto mejorable, amén que el jugador ha sido en otras categorías un prolífico anotador. Pero va sobrado de rasmia, de amor y dedicación por este deporte, y de cierta cualidad natural que le ha predestinado a escribir páginas gloriosas en el mundo del baloncesto.

Alfred Julbe, entrenador del CAI, publicó en "Heraldo de Aragón" el mismo día del partido frente al León en que se jugaba su cuestionado puesto, un artículo titulado muy desafortunadamente “Rodrigo y yo”. En él planteaba su relación con el bisoño "crack"; comparaba su labor de formación con la realizada con otros bases jóvenes de gran prestigio, y asumía como propios los errores del conjunto. Dos días después el CAI firmaba a un nuevo base hasta final de temporada, con el que ya había trabajado el técnico anteriormente, y en el siguiente partido San Miguel ni siquiera saltaba a la cancha.

Rodrigo San Miguel ha de saber que, como buen aragonés, ha de prosperar en la diáspora, hasta que pasados los siglos se le reconozca su valía. Para una vez que en Zaragoza aprecian lo que se tiene, una engañosa apuesta por los resultados va a propiciar el trasvase de su mejor caudal a tierras extrañas. El joven base San Miguel quiere jugar en Zaragoza y allí hacerse inmortal; ha demostrado que está capacitado para ello. La afición del CAI, el sustento del club, ansía depositar en sus manos el futuro, el anhelado ascenso a la ACB. El destino se cumplirá por encima de Alfred Julbe.

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