Cristóbal, un ser humano íntegro
Pedro Ferrándiz
Buenas tardes y bienvenidos.
No sé si sabéis que yo fui entrenador de baloncesto y puedo decir que esa profesión conlleva muchos aspectos, además de la formación técnica o táctica de los equipos; y el más sagrado es la formación humana del jugador. Yo aún no sé si supe cumplir fielmente con esa doble condición, pero puedo asegurar que ambos fueron el motor de mi vida profesional. El resto de méritos o deméritos es bastante conocido: ambición personal sin límites, egolatría subida de tono, indiferencia calculada hacia todo lo que no coincidiera con mis intereses y agresividad despiadada hacia el adversario. Sólo el triunfo total y absoluto era admisible para mí.
Puede que no deba estar muy orgulloso del trato que en ocasiones tuve con muchos jugadores en el terreno deportivo, pero sí lo estoy del respeto que me merecieron y que siempre apliqué con justicia como componentes de un grupo y como hombres con un necesario futuro al margen del baloncesto.
Sea cual fuese mi condición o mi conducta hay algo que me proporciona aún cierto orgullo: creo que soy el entrenador que ha inducido a más jugadores suyos a ejercer de entrenadores. Es posible que esa decisión la tomaran naturalmente, por su vocación, tanto para emularme como para triunfar haciendo todo lo contrario que yo, pero todos han sido notables entrenadores.
Hace algún tiempo recibí un mensaje de uno de ellos en el que me decía: “Algo de mi personalidad deportiva te pertenece”. No sé si me falta algún alto honor por recibir, pero ninguno alcanzará el grado de emoción con que me impactó esta frase.
Al final de su vida deportiva, los jugadores, lógicamente, deciden su forma de vivir y sus profesiones. Algunos escogen entrenar, vivir esa experiencia única entre el éxtasis y el vía crucis, entre la búsqueda de la gloria y el traumático fracaso, entre la alta tensión diaria y el reposo inexistente, entre el gozo inefable del triunfo y la destrucción psicológica del fracaso, y casi siempre acompañado de su íntima amiga la soledad. Pero lo que nunca muere en ellos es la pasión por encima de cualquier circunstancia que les llevó a entrenar a jugadores y formar a personas.
Otros, en cambio, se decidieron por cómodas profesiones secundarias. Como ingenieros, abogados, periodistas… o médicos. Y uno de esos médicos es Cristóbal Rodríguez quien, en lugar de formar personas, se dedica a reconstruirlas muy a menudo también emocionalmente.
En ese desgraciadamente no muy elevado número de jugadores de baloncesto que, una vez retirados, deciden devolverle desde sus nuevas actividades parte de lo que de el recibieron, surge con unas dimensiones humanas gigantescas Cristóbal, cuyo nombre evoca con toda naturalidad los valores de lealtad, responsabilidad, generosidad y, sobre todo, amor; amor al baloncesto y a los que a el pertenecemos.
Hace mucho tiempo que el baloncesto español le debe un reconocimiento a Cristóbal. La política de la Federación Española, afortunadamente hoy desterrada, siempre fue reacia, cuando no alérgica, a valorar servicios desinteresados y pocos premios se concedieron durante muchos años.
Vuestra presencia aquí certifica que nuestro reconocimiento hacia Cristóbal es permanente.
He recorrido con la vista este auditorio y tengo la convicción de que, tanto el baloncesto colectivamente como nosotros individualmente, casi todos tenemos una deuda de gratitud con este hombre.
Nuestra Fundación, especialmente su presidente, considera un imborrable honor conceder su máxima distinción, el Quijote de Plata, a uno de los seres humanos mas íntegros que he conocido en mi vida.

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