Cumplo un sueño
Pedro Ferrándiz
Pedro Ferrándiz, EL MITO de nuestra web y el genio de los banquillos que impulsó el baloncesto en España, cumplió hace unos meses uno de sus sueños: entrar en el Hall of Fame. Con motivo de la ceremonia de su ingreso y distinción, el presidente de la Fundación que lleva su nombre pronunció el siguiente discurso:
Durante algún tiempo he pensado que este honor se me ofrecería a titulo póstumo.
Yo nací en Alicante (España) en 1928 y me tocó vivir la guerra civil. A los quince años era un deportista que practicaba muchos deportes, especialmente fútbol, sin destacar en ninguno. Sólo había un deporte que yo no había visto nunca y del que desconocía hasta su existencia: el baloncesto.
Sería algo complicado intentar hacerles comprender a ustedes las circunstancias en que se desarrollaba el baloncesto en España y especialmente en mi ciudad. Estábamos saliendo de la posguerra y no había casi de nada, y lo poco que había no tenía calidad. Todos éramos muy pobres.
Me incorporé a un equipo de barrio muy modesto y pronto me di cuenta de que no sería precisamente un gran jugador, con lo que sólo me quedaban dos alternativas para seguir dentro de mi nueva religión: ser entrenador o árbitro, y esto jamás.
Ya pueden ustedes imaginar los conocimientos técnicos que yo tenía. Sin embargo, lo que no me faltaba era mucha ambición. Con cierto sentido de la autoridad y disciplina aquello bastó para salir del paso inicialmente e iniciarme poco a poco en el conocimiento de los primarios secretos del deporte más maravilloso que existe.
Mi progreso como entrenador fue espectacular y en unos pocos años se me consideró el mejor entrenador de mi región. Debo señalar que, aparte de entrenar, yo trabajaba en un centro oficial, porque entrenando no percibía dinero.
Cuando conseguí triunfar en mi entorno, empezó a faltarme el aire. En los años cincuenta el baloncesto ya se había popularizado mucho en España y yo soñaba todas las noches y anhelaba todos los días formar parte de aquella vida inmersa en el ambiente del baloncesto de la que hablaban los periódicos de Madrid y Barcelona.
Y un día tomé la decisión de dejar las playas y la luz de mi Alicante y marcharme a la aventura de conquistar el mundo empezando por Madrid, sin analizar las posibles consecuencias. Renuncio a contarles todas las circunstancias y obstáculos que rodearon mi vida durante los tres primeros años, en los cuales vivía de un trabajo que encontré de oficinista.
Cierto día de 1952 me llamó Raimundo Saporta, alto dirigente del Real Madrid y me propuso organizar un torneo social para niños. Al poco tiempo, el entrenador de los equipos juvenil y júnior se marchó y Saporta me ofreció el puesto. Durante dos años ganamos todos los campeonatos de España. El resto de mi historial figura en mi currículum.
Eso chocaba frontalmente como mi filosofía y sobre todo con mis necesidades primarias. Por eso cuando acepté entrenar a los niños pedí que se me compensara mi trabajo y Saporta me asignó un sueldo: 3 dólares… al mes, lo que me colmó de alegría.
Me permito decirles que yo fui el introductor, no del profesionalismo, pero sí el de la filosofía y del espíritu del profesionalismo en un mundo amateur. En el baloncesto español no existía el hábito de entrenar a diario y se desconocía la exigencia de la puntualidad en los entrenamientos y casi en los partidos.
Es evidente que a unos niños no se les puede dar dinero para practicar un deporte que es un juego. Pero yo sostengo que se les debe formar física, técnica y moralmente para que en su día estén preparados para ser grandes profesionales y que aspiren a ganar mucho dinero. No encuentro la diferencia en enviar a la escuela y a la universidad a un chico para que sea un buen abogado o ingeniero y no se le deba inculcar los mismos principios desde su infancia deportiva, teniendo en cuenta, naturalmente, que ambas opciones deben complementarse.
Cuando en 1975 me retiré con todos los honores que nunca había soñado, me dediqué a devolver al Baloncesto todo lo que el Baloncesto me había dado, y creo que lo he cumplido en gran parte. También eso figura en mi currículum.
Hoy se cumple para mí el sueño de todo entrenador en el mundo; ingresar en el Basket Hall of Fame, y figurar entre los grandes mitos que me han precedido cuyos nombres me hacen sentir escalofríos y junto a los que me otorgan el honor de acompañarme en esta elección. Y lo hago de la mano de dos grandes entrenadores y grandes amigos: Charles Newton, cuyo trabajo en la FIBA es ampliamente reconocido, y Lou Carnesecca, mi maestro, el que me ayudó a formar el gran equipo del Real Madrid, el que me introdujo en el baloncesto americano y al que tuve el honor de presentar en España, donde causó sensación con sus clinics.

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