Director deportivo vs entrenador
Jordi Domínguez Fernández
Cada verano, mientras los jugadores se van de vacaciones, los despachos de los clubes de baloncesto echan humo intentando confeccionar la plantilla para la campaña siguiente. Llamadas de teléfono, vídeos en los que todo el mundo parece Michael Jordan, reuniones con representantes de jugadores… Es cierto que muchos ya tienen el trabajo casi hecho, puesto que éste empieza meses antes de que acabe la temporada en curso, pero durante el periodo vacacional se cierran la mayoría de operaciones.
Normalmente, todos los clubes profesionales disponen de un director deportivo o secretario técnico. Su misión es gestionar un presupuesto económico a través del cual se efectuarán los fichajes y se regularán sus salarios. El capítulo de bajas también es cosa suya. Sin embargo, en todos estos aspectos, la sintonía entre el director deportivo y el entrenador debería ser total ya que, al fin y al cabo, el segundo va a tener que jugar con lo que le dé el primero. Lo ideal, por lo tanto, sería que ambos estuviesen de acuerdo en lo que necesitan para que, llegado el momento, el director deportivo contacte con una serie de jugadores que se ajusten a ese perfil. Trabajar con una lista consensuada de posibles refuerzos sería lo más sensato. A partir de ahí, y en base al presupuesto y a los intangibles de las negociaciones, el director deportivo confeccionará la mejor plantilla que pueda.
El problema llega cuando ese director deportivo quiere hacer de entrenador y ficha lo que le da la gana, seguro de sacarse de la manga un 'crack' por cuatro duros u orgulloso de traerse a una superestrella que nadie le ha pedido, que ya está de vuelta de todo y que se funde un salario con el que se podrían fichar tres buenos jugadores de rotación. Si la plantilla es corta da igual, piensa. Con este tío en la pista, el público va a disfrutar… ¡Si es que soy un hacha!
Sobre lo primero, lo de encontrar un 'crack' por cuatro duros, puede ocurrir alguna vez, pero lo normal es que, obnubilado por las promesas del representante de turno o por un vídeo en el que el protagonista se sale, se la den con queso. Algo que, además, es relativamente fácil si el director deportivo en cuestión se fía únicamente de su criterio y no pide más referencias del jugador al que pretende. El batacazo está casi garantizado.
GATO POR LIEBRE
Más que nada, porque con el jugador ya firmado y sobre la pista para entrenar, se puede encontrar con cualquier cosa. Por ejemplo, con un tío que quizás tiene talento, pero también una actitud que sólo le serviría para jugar unos contra uno en las calles de Nueva York. Ahora bien, el problema en ese momento ya es de otro, del entrenador, que tiene que lidiar con ese jugador y con el mal ambiente que provoca porque es lo que le han fichado. Además, también tendrá que hacer jugar a la veterana superestrella porque ese supercontrato no puede estar sentado en el banquillo, y eso que sobre la pista ya no aporta más que recuerdos. Con todo ese lastre, el rendimiento del equipo seguramente bajará, la grada se cabreará y cuestionará al entrenador, que suficiente tiene con intentar sacar partido de una plantilla que no se parece en nada a la que había pedido.
Mientras tanto, el director deportivo lo verá desde la grada, probablemente se planteará echar al entrenador, y puede que lo acabe haciendo si el equipo no reacciona. A él, seguramente, nadie le pedirá responsabilidades porque achacará el fracaso de los fichajes a la mala suerte, a las lesiones o a que su actitud fuera de la pista les ha perjudicado en su rendimiento, que era impresionante cuando se planteó el fichaje.
Incluso alguno, en un alarde de cinismo, podrá alegar que el entrenador no ha sabido sacar partido de las incorporaciones. En cualquier caso, el que pagará esa mala planificación, al menos en primer término, será el entrenador. Y su cabreo, obviamente, será doble. Primero por el despido, y segundo porque el que le pasó la patata caliente de una plantilla desequilibrada seguirá jugando al PC Basket como si nada hubiera ocurrido. Y, encima, el día que acierte con uno de sus fichajes de máximo riesgo, los directivos le alabarán como si fuera la mismísima reencarnación de Red Auerbach. Suerte que esto no pasa en todos lados (sólo en algunos, aunque no son pocos…).






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