El último pionero
Javier Dale
No sé quién decía –creo que David Trueba– que empezamos a darnos cuenta de que nos hacemos mayores cuando los futbolistas (lean baloncestistas) a los que admiramos son más jóvenes que nosotros. Pero a veces uno también se siente mayor cuando se retiran los baloncestistas a los que ha admirado, a los que ha visto crecer. La retirada de Vlade Divac es un buen ejemplo, mucho más si consideramos que fue un jugador que dio sus primeros (y sonoros) 'pasos' en España...
La carrera de Vlade Divac (20 años al máximo nivel, se dice pronto) se ha escrito casi íntegramente en inglés y se ha locutado con acento americano. Al margen de su carrera en Europa con el Partizán, sus éxitos con la selección y un acercamiento al Granada de la ACB allá por el año 88 –o eso leí en `Gigantes´, creo, aquel verano de mis 12 años, cuando al ladito de la Alhambra jugaba esa máquina de anotar llamada Goran Grbovic–, Vlade Divac fue y será siempre uno de esos cinco europeos que en el verano del 89 se animaron a cruzar el charco. Aquel estío Petrovic se fue a Portland, Marciulonis a los Warriors, Paspalj a los Spurs y Volkov a los Hawks. Pero el reto más grande lo asumió el joven Divac, `drafteado´ por los Lakers con el número 26 y con la misión de sustituir al recién retirado Kareem Abdul Jabbar (y acabo de reparar en que el pasado 16 de abril el gran Kareem cumplió 58 años...).
Precisamente Kareem fue su primer tutor en la Liga: tres semanas de entrenamiento intensivo en el que el pívot más grande de siempre le enseñó algunos de los pequeños trucos del juego, como el lanzamiento de gancho. Vlade, el primer año, fue el `center´ suplente de los subcampeones de la NBA, guardando las espaldas a Mychal Thompson. Su debut –dos minutos de juego– fue decepcionante; su temporada (8 puntos, 6 rebotes, 20 minutos), más que notable.
Al año siguiente jugó su primera final de la NBA, una cita a la que no volvió a acudir. Cinco años más en los Lakers, dos en Charlotte, seis en Sacramento (all star en 2001) y un último de nuevo en Los Ángeles fueron el fruto de su osadía inicial.
Aquel verano de 1989 marcó el futuro del baloncesto. Al margen de experiencias anteriores tan breves como románticas e improbables (Glouchov en los Suns), la NBA había sido un coto vedado no sólo al jugador formado en Europa, sino al no formado en Norteamérica en general. Tras ellos, el lento goteo de jugadores netamente europeos hacia la gran Liga fue en aumento, y la competición abrió decididamente sus puertas.
Ahora que la presencia de jugadores no norteamericanos en la NBA es común, no está de más recordar a aquellos cinco talentos que acometieron aquel desafío que implicaba luchar contra una cultura, unos estereotipos y ganarse el respeto que merecían, y que desde hace poco (y aunque Petrovic nos dejara antes de tiempo) son ya todos ex jugadores. Y la conciencia cambió, no sólo en la NBA, sino en la propia Europa: se nos cayó la venda de los ojos, y dejamos de llamar `americanos´ a los jugadores extranjeros, quizá porque nos dimos cuenta de que aquellos `americanos´ no tenían que ser mejores que nosotros ni marcar definitivamente la diferencia.
Así era el baloncesto hace quince años. Dentro de otros quince, cuando, por ejemplo, sea Fran Vázquez el que anuncie su retirada, el juego en su sentido más amplio habrá cambiado aún más. Y tal vez entonces David Trueba diga que cuando los futbolistas (lean baloncestistas) a los que admiras son de la edad de tus hijos significa que el fútbol (baloncesto), simplemente, ya no tiene nada que ver con lo que creías que era.


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