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Jueves 17 de mayo de 2012

El ADN irreductible de un periodista

Deje su comentario  Ver comentarios 14-06-2010 10:41:04
José M. Domínguez

Caía la lluvia plácidamente sobre Madrid mientras el tren iniciaba su recorrido hacia Málaga. Es uno de los momentos anhelados para emprender la lectura de una novela, por lo que había reservado la ocasión para sumergirme en sus líneas, después de haberla descargado días antes (¡qué cosas tiene el progreso!) de una dirección de internet. La capacidad de la omnipotente red para la difusión de contenidos, de valor incalculable, se contrapone, sin embargo, con la pérdida de la apariencia tradicional y del encanto de un libro. La sensación de tener entre las manos un informe o un documento de trabajo, en vez de una novela, no es un ingrediente que añada mucho valor para acoger una nueva composición literaria, que también se alimenta de intangibles a la hora de impresionar por vez primera al lector.

Las nuevas tecnologías tienen enormes ventajas, pero también algunos inconvenientes, entre los que la pérdida de la quietud de la atmósfera del vagón de un ferrocarril, merced a la incesante actividad de los más variados dispositivos electrónicos, no es baladí para quienes ansían el recogimiento transitorio entre el discurrir del paisaje, hoy día una verdadera utopía.

Para los amantes de la música y de la literatura, una buena novela es como una sinfonía de la que se disfruta de cada uno de sus movimientos con su alternancia de ritmos. En numerosas composiciones musicales podemos disfrutar de una obertura con algún arranque plácido para luego ir anticipando las sucesivas oscilaciones armónicas. No faltan, sin embargo, compositores que, sin ninguna tregua inicial, quieren impactar con un movimiento ‘molto vivace’. El autor de ‘ADN’ opta por esta vía, no precisamente de ‘allegro’, para sacudir inmediatamente la mente del lector y advertirle de que no espere concesiones melífluas a lo largo de sus casi doscientas páginas maquetadas en formato de trabajo de investigación. La tragedia de la guerra civil española, con sus atroces consecuencias, sirve de tarjeta de presentación para relatar de forma descarnada y sin miramientos la suerte fatal de un joven maestro albañil republicano en un pueblo de Sevilla en agosto del año 1936.

Ese cruento y aberrante acontecimiento, que acabó prematuramente con la vida de Rafael Calderón, condicionó la trayectoria de la saga familiar de Rafael Rioja, su nieto, quien, setenta años más tarde, se lanza a una frenética carrera de obstáculos para comprobar si unos restos humanos aparecidos fortuitamente corresponden a su antepasado, en unos momentos cruciales en los que un cúmulo de circunstancias adversas se ciernen sobre su actividad profesional como periodista.

Pocas veces, para la interpretación de una novela, resulta tan decisivo el conocimiento o no de las connotaciones del autor. La perspectiva del lector varía enormemente según se trate de uno u otro caso. En el primero, la evidencia de que el personaje principal, el susodicho periodista, apasionado por el deporte, en general, y por el baloncesto, en particular, es un trasunto del autor de la novela, Paco Rengel, puede hacer perder cierto aliciente –el ritmo y la sonoridad de las notas que están por venir– a la obra, construida a partir de un estilo directo y explícito, casi consustancial a una detallada y pormenorizada crónica periodística.

Asimismo, la familiaridad con las instituciones deportivas y los medios de comunicación malagueños, pese a ampararse tras nombres ficticios, no impide –ni, como es patente, se pretende– identificar las referencias reales, lo que tampoco ayuda a sustentar una cierta dosis de intriga, que siempre es un acicate para devorar páginas. Más difícil resulta, no obstante, llegar a localizar con absoluta precisión a determinados personajes, para quienes es más complejo descifrar las claves de los nombres, salvo en algunos casos en los que incluso se mantienen los verdaderos.

De nuevo, por tanto, la influencia del conocimiento de la situación real, cuestión que alcanza una importancia extrema en relación con algunos supuestos de corrupción expuestos en diversos pasajes, que, carentes de la división convencional por capítulos, se suceden sin solución de continuidad. Cual si de una crónica desenfrenada se tratara, de manera premeditada, Rengel se niega a conceder un respiro al lector, ávido como está por trasladarle la totalidad de su mensaje, que se desparrama como un torrente una vez que se ha abierto la compuerta que da paso a la lectura.

Desde la óptica de alguien como quien suscribe estas líneas, que durante muchos años ha disfrutado de una posición como testigo privilegiado en determinadas parcelas del deporte y del sistema financiero malacitano, los episodios narrados en la novela son verosímiles en el contexto de la creación literaria, pero algunos de sus detalles desbordan claramente la realidad que se ha conocido o, al menos, creído conocer. No es menos cierto, sin embargo, que el nudo gordiano en el vuelco en la trayectoria profesional del protagonista radica en el ámbito de otra disciplina deportiva, la dominante en España, de la que, en contraposición, no podría opinar con conocimiento de causa.

Con un ritmo trepidante, entre sesiones prolongadas en la redacción del periódico, relaciones con las esferas del deporte que están por encima y por debajo del juego de las canchas, evocaciones de acontecimientos del pasado y, especialmente, la firme implicación en el arduo proceso para la identificación de los restos hallados, transcurre la trama. La tragedia histórica se combina con la difícil praxis profesional de un periodista vocacional independiente en su pensamiento, pero no autónomo en sus decisiones, que no escatima esfuerzos ni se detiene ante los obstáculos para perseguir los destellos que puedan llevar a la verdad, si es que ésta realmente existe.

A medida que todos los instrumentos lanzan al aire sus notas, en un ambiente convulso, sin atender ya a la batuta del director de orquesta, que se ve desbordado por la situación, los astros se alinean en formación macabra para arrastrar un drama a la vertiente profesional, que acabará, impulsado por una especie de premonición fatal, convirtiéndose en tragedia. Tragedia inexorable para un enamorado de su profesión que practicaba un periodismo puro y visceral, indómito ante las fuerzas exógenas.

‘ADN’ tiene apariencia de novela, pero rezuma un carácter ecléctico como relato autobiográfico, narración retrospectiva –que, pretendidamente o no, contribuye significativamente a la recuperación de la memoria histórica–, crónica del supradeporte (o infradeporte) profesional y manual de estilo periodístico. También, de principio a fin, está impregnado por la catarsis de un autor que se ve impelido a plasmar en papel sus sensaciones, sus vivencias, sus decepciones y sus desengaños; también, sus satisfacciones, pasadas y presentes.

La lluvia torrencial ha sido esta vez compañera a lo largo de todo el trayecto de Madrid a Málaga, en un segundo viaje para el que quedó aplazada la continuación de la lectura. Cuando el tren se aproxima a su destino, ante una insólita visión de campos anegados, la sexta sinfonía de Mahler, que suena en los auriculares, alcanza su apogeo, justo cuando Rafael Rioja, descorazonado, concluye un capítulo de su vida, en la que todavía tendrá mucho que decir en su profesión.

El lector que se aproxime a ‘ADN’ no necesitará recurrir a ninguna prueba pericial para identificar la naturaleza de su autor. El ADN irreductible de un periodista congénito marca a fuego su estilo inconfundible.

LA CRÍTICA, por Carlos Pérez Torres


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