El bautizo de Tobías
Paco Rengel
Ya había experimentado vivencias desconocidas. Eso de nacer en un lugar distinto al de su casa –hospital le llamaban–, el aparato que le extrajo del seno de su madre, el vehículo en el que le llevaron al hogar… Eso sí que eran novedades con respecto a su anterior vida. Ahora bien, coincidía el idioma y, por el momento, le daba la impresión de que se encontraba en el mismo país. Y es que se mantenían tradiciones, como el bautizo y la fiesta posterior al mismo. El agua por su cuero cabelludo corriéndole al mismo tiempo que escuchaba unas palabras que nada tenían que ver con las anteriores –la primera vez fue en Latín– provocó una ruptura maquiavélica del apaciguado sueño que mantenía en brazos de su madrina a quien, por cierto, le dio un susto cuando se le abalanzó directamente a un pezón justo al entrar a la iglesia. Después del duro despertar, empezaron a desfilar delante suya una multitud que mantenía los calificativos del principio, aunque algunos le transmitieron alguna esperanza: “¡Cómo ha cambiado en poco más de dos meses!”. Fue lo máximo. Nadie se atrevió a piropearlo abiertamente.



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