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Jueves 17 de mayo de 2012

El estreno de un pabellón

Deje su comentario  Ver comentarios 14-01-2011 18:34:07
Jorge Albericio Fenollosa

Aquel día festivo del 5 de marzo de 1990, un suave atardecer doraba con luz tibia los regueros de gente que se dirigían al estreno del nuevo pabellón de baloncesto de Zaragoza, el Príncipe Felipe. Las calles olían a tapicería impoluta, como si de un coche reciente se tratase, haciéndose extraño el paseo por aquellas aceras recién descubiertas.

Entre los descampados reinantes en aquella zona en expansión de la ciudad, surgía un enorme bloque rectangular blanco que no encajaba aún en la visión urbana de los seguidores del CAI, acostumbrados al viejo pabellón con forma de OVNI denominado ‘el Huevo”. El CAI Zaragoza estaba en racha, venía de ganar semanas atrás la Copa del Rey en Las Palmas, tenía al sucesor de Magee en el heroico Mark Davis; su entrenador, Chuchi Carrera, era el más joven del país con 24 primaveras, los jugadores de la cantera habían propiciado el encumbramiento de uno de los eternos aspirantes, las finales a las que llegaba el club se contaban por victorias.

Era fácil sentirse atraído por el baloncesto. El partido de inauguración enfrentaba al CAI contra el Stroitel de Kiev, el anterior equipo del otro extranjero del CAI aquel año: Alexander Belostenny (quien posteriormente dejaría su plaza en el equipo en el tramo final de la temporada al norteamericano Pat Cummings).
La luz en el interior del pabellón hería los ojos: el brillo del parqué, el rojo chillón de los asientos relucientes, los focos, las sonrisas de los espectadores, los aros y el cristal de los tableros, todo tan nuevo. Zaragoza iba a albergar en poco más de un mes la ‘Final Four’, en la que el Jugoplastika se alzaría ante el Barça con el segundo de sus tres títulos consecutivos, y todo parecía indicar que más pronto que tarde el club local, el CAI, disputaría partidos de la máxima competición continental en ese flamante pabellón.

El equipo, los dirigentes, los jugadores, los aficionados: todos miraban hacia arriba con ambición, veían un futuro resplandeciente, se sentían capaces, confiados, ilusionados ante sus nuevos retos.

Francisco Javier Zapata, jugador zaragozano formado en las categorías base del CAI, internacional con la selección absoluta y que luego sería el primer ‘producto’ exportado a uno de los ‘grandes’ (estaría 2 años en Barcelona), anotó la primera canasta oficiosa del pabellón Príncipe Felipe en un partido de baloncesto.

El mes de mayo, el equipo femenino del Banco Zaragozano conseguía también el título de la Copa de la Reina, liderado por una extraterrestre llamada Karina Rodríguez. Zaragoza, doble campeón de Copa, el baloncesto estaba de moda. Aunque el CAI acabó aquella temporada en una paupérrima novena posición, formó un equipazo para el año siguiente (amparado por sus dos iconos, Mark Davis y Kevin Magee) y llegó a la final de la Recopa de Europa ante el PAOK Salónica en Ginebra. Aunque esa ya es otra historia.

 

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