El ritual (I)
Víctor M. Romero
Manías, supersticiones, costumbres o, sin más rodeos, gestos y conductas repetitivas. Jugadores y entrenadores suelen tener sus hábitos, tanto en la vida privada como en la competición. ¿Quién olvida aquel ritual de Granger Hall cada vez que iba a la línea de tiro libre? Todo el pabellón del Huesca La Magia cantaba al unísono: «¡Uno!, ¡dos!, ¡tres!», las veces que botaba el balón el americano antes de lanzar. Sacar la lengua se ha convertido en una práctica extendida, de Michael Jordan a Drazen Petrovic, pasando por Pecile, que lo hace en los libres, donde puede esmerarse y concentrarse al disponer de ricos segundos para afinar.
Hay quien prefiere abrir la boca de par en par, como Liñán, impulsor de la "táctica del macaco": apertura de "fauces", astucia y robo de balón, tal chimpancé le arrebataría a usted el bocadillo. Otros son amantes de los tatuajes. Bud Eley bate el récord, está hecho un cromo con 15 que dan significado a sus experiencias personales. Llama la atención uno en el cuello. «Lo que haga falta», se puede leer. O «cueste lo que cueste», según otra traducción. Los americanos son adictos a los dibujos en la piel aunque la afición va más allá de la NBA. Milan Gurovic no pudo pisar Zagreb –en partido de la Euroliga con el Unicaja– por grabarse en el brazo izquierdo al general Draza Mihajlovic, héroe para algunos por luchar contra las hordas comunistas y genocida vendido a la Alemania nazi y la Italia fascista para otros, como los croatas que le amenazaron de muerte.
Fetiches, prendas y objetos como amuletos están a la orden del día. Gianella, por ejemplo, el base del Lleida, no salta a la pista sin una muñequera en el antebrazo, a la que está unido desde los seis años. Pero no hay que ir tan lejos. Pecile debe llevar a la fuerza la felpa que le sujeta el pelo, como a los tenistas, al margen de la cola de "caballito rampante". También porta coderas negras. Su compatriota Abbio se inclina por muñequeras blancas. A Ordín le basta con tirarse de la camiseta a la altura del cuello como indicación en pleno ataque. Abrams ha extendido la pulsera amarilla de la fundación de Armstrong contra el cáncer como la pólvora.






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