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Jueves 20 de junio de 2013

Encuentros y desencuentros con un mito (y II)

Deje su comentario  Ver comentarios 04-03-2009 00:28:44
Justo Conde Esteve

Me cabe la satisfacción, no obstante, de haber sido yo quien dio el primer paso en acabar con tan incómoda situación. Y fue con motivo de la final de la Copa de Europa contra el Spartak de Brno, disputada en Lyon el Jueves Santo de 1968. El Real Madrid, que venía invitando a los periodistas de ‘MARCA’ y ‘Mundo Deportivo’ desde el inicio de esta competición, pero no lo hacía conmigo, cosa normal y lógica y debidas las circunstancias que estoy rememorando. Por eso, hice ver a mi empresa que debíamos aprovechar la circunstancia de ser los primeros en dar la mejor y más amplia información gráfica y literaria de aquella final, habida cuenta de que siendo Viernes Santo el siguiente día, y que en aquellos tiempos no se editaban periódicos, nos daba margen para dar la mejor información sabatina.

Y como la prensa de aquella época era bastante tacaña en el tema desplazamientos, mi ofrecimiento era de mínimos costos, sólo gasolina y hotel, y sacrificando esas fechas festivas. Pues ya nos ves a mí junto a nuestro fotógrafo salir de muy mañana por carretera hacia Lyón, a donde llegamos apenas una par de horas antes de la final, para al siguiente día repetir la misma operación a la inversa, y así poder brindar a nuestros lectores el gran éxito madridista, con espectaculares fotografías en portada y toda la doble página central, además de la crónica en tipografía también a toda página.  Tampoco quiero obviar, que al final del partido, entré en el vestuario y tendí la mano a Pedro para felicitarle por el triunfo, a lo que él respondió muy fríamente: “¡Ya era hora, Justo!”, como queriendo demostrar que finalmente yo había cumplido con mi obligación de rendirle pleitesía, pero ninguna palabra más. No esperaba tan fría como despectiva respuesta. Y un gratamente sorprendido Saporta por tan inesperada presencia, nos invitaba a la cena y festejo previsto para más tarde, a la que muy correctamente renuncié, aduciendo como excusa el madrugón y palizón de carretera que nos esperaba al amanecer y que nos obligaba a cenar y acostarnos pronto. Aunque quizá hubiera sido otra mi respuesta si minutos antes  Pedro hubiese tenido un mejor estilo.

Un año más tarde y con motivo de la nueva final que el Real Madrid disputó en Barcelona ante el TSK Moscú, en la que vencieron los moscovitas aun sufriendo un arbitraje muy casero, el público catalán atronó con sus gritos de “TSK, TSK, TSK” el abarrotado Palacio de Deportes, algo que como español me dolió profundamente, y así se escribió al siguiente día en el editorial de mi periódico, al margen de que en mi crónica también censurara el descarado y parcial arbitraje de aquel árbitro yugoslavo y que si mal no recuerdo se apellidaba Belosevic. Posiblemente ese día fue determinante punto de inflexión para los jerarcas del Real Madrid para imponer a su sección de baloncesto, y especialmente a su genial entrenador, el cierre de hostilidades contra mi persona y el periódico en donde ejercía.

Sí, porque nuestra relación volvió a ser la de años antes, como lo demostraba el que Pedro me invitara a su ‘invento’ (como recuerda en uno de sus muchos YO en los artículos que han motivado mi personal opinión al respecto) de instalar en Calpe, donde poseía una extraordinaria mansión, doce canastas en diferentes puntos de la villa con el nombre de cada uno de los jugadores de la selección, operación que bautizó “Juego Limpio”. Fue una invitación total (que él os reclamaría a la cara años más tarde a vosotros, malagueños): avión hasta Alicante, taxi hasta Calpe y hotel incluido. Como también nuevamente me invitaba al primer Congreso Mundial de Entrenadores y en idénticas condiciones, celebrado en el incomparable marco del Hotel Semiramis en el tinerfeño Puerto de la Cruz, cuando uno aún seguía en activo en aquel inigualable ‘DICEN’, y cuando Pedro ya había cedido el mando del Madrid a su aventajado alumno Lolo Sainz, al tiempo que se enfriaban sus relaciones con su viejo valedor y promotor Raimundo Saporta, debido a que éste no había colaborado en ese ambicioso y costoso proyecto congresual tinerfeño y que fue punto de partida para Pedro y por el importante eco que demostró en todo el ámbito baloncestista mundial, para iniciar esa nueva etapa de su vida anteriormente recordada.

Desde aquellas maravillosas jornadas tinerfeñas y por habérseme apartado poco más tarde el seguir viviendo el baloncesto ‘en directo’, mis encuentros con el MITO han sido tan aislados como mínimos, quizá en tres ocasiones. Por lo cual, dejo para un próximo artículo acabar de apostillar como creo merecen aquella serie de Yos que han motivado que quisiera intervenir, no sin antes exponer estos históricos precedentes para mejor comprender lo que pasó entre Pedro Ferrándiz y el que suscribe.

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