Fuga de talento
Paco Rengel
A partir de ahora el Unicaja puede perder todo el tiempo que estime oportuno en el 'caso Abrines', si bien le resultaría más productivo dedicar alguna reflexión a evaluar sus propias decisiones, su comportamiento con respecto a la que se supone que era la perla de su cantera. La decisión de Álex Abrines de abandonar el club que le sacó de su colegio mallorquín no es gratuita, voluble ni producto de un arrebato.
Entrar en disquisiciones sobre que unos digan que intentaban negociar desde hace un año y otros aseguren que no han presentado una sola oferta, es tan inútil como distorsionador. Evaluar si el Unicaja tiene derecho al tanteo o estudiar fundamentos suficientes para acercarse a los juzgados tampoco sirve de nada. Todo son cortinas de humo que cada uno intentará correr según el riel que más le convenga.
Aquí sólo hay una cosa clara: Abrines no quería seguir en el Unicaja y se ha marchado. Que ahora le achaquen la decisión a un afán pesetero o a un capricho de su entorno, sólo supondrían pruebas válidas para almas blancas que comulgaran con todas las ruedas de molino de la Mancha.
La gestión del Unicaja durante los últimos meses, casi dos años, vuelve a quedar en entredicho ante esta fuga de talento tan sorprendente como dolorosa. En el club malagueño da la impresión de que la prepotencia se impone a la humildad, y eso, a veces -casi siempre-, suele aumentar la 'prima de riesgo'. No es prudente que el presidente del Unicaja, que entrenó en categorías inferiores en Maristas (años 70), encabece una especie de 'rebelión' entre los clubes para que los representantes dejen de percibir sus comisiones de las sociedades deportivas. Esa iniciativa, que debería corresponder a la ACB en su conjunto, si es que procede, es inútil si la comandan peones espontáneos que lo único que pueden conseguir es que los agentes -los que mandan en el mercado- miren con malos ojos a los 'instigadores'. Y les aseguro que todos lo saben: si nos hemos enterado nosotros, imagínense.
Entiendo que la marcha de Abrines debería suponer un cambio drástico en la actitud del club malagueño, que debería transformar su presunción con un baño intensivo de modestia. Y estoy seguro de que si eso ocurriera, la postura de Abrines habría que aplaudirla a rabiar, porque lo que echamos de menos es, verdaderamente, lo que puede hacer grande a un club.
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