Gasca: el baloncesto hecho ballet (y IV)
Ramón Trecet
Se juntaron el hambre con las ganas de comer. Si en algo era mágico Gasca, era en la dirección de partidos. Dirección de partidos, motivación de jugadores. Excepcional. Era Glenn Gould tocando Bach. Los sutiles cambios, los descansos de 20 segundos a un titular para mirarle a los ojos y decirle suave, conteniendo el volcán interior: “Tienes que dar un paso atrás antes, o mete a tu defensor en el bloqueo con mas precisión”. Y luego a la pista de nuevo. Consumado actor de las quejas, no ha habido hasta Scariolo nadie como él. Sus más maravillosos sueños de entrenador, la jugada perfecta, el ballet, podían ser llevados a cabo ahora, porque estaba Essie. Nadie me ha emocionado tanto en una cancha como Essie Hollis. Ni Jordan, ni Magic, ni Erving. Essie le miraba a Gasca y lo siguiente sobre la cancha era de Walt Disney. Si había que meter puntos, Essie metía 52, como el día del Joventut. Si había que meterle balones a Chus Pérez, Essie daba 10 asistencias. “El helicóptero, superbeltza…”, le llovían las alabanzas. Lo único malo de Essie, lo buena persona que era. No necesitaba ser un asesino deportivo. Le bastaba con su calidad inmensa. Luego, liga italiana, NBA-Detroit, Areslux, Arabatxo Baskonia, Elosúa León…Nadie que le haya visto jugar olvidará a Essie Hollis. Nadie que le haya conocido tendrá un amigo mejor.
Pero cuando Hollis se fue, Gasca, ahogado de deudas, traería todavía a otro excepcional jugador, Nate Davis, directo de los Bulls de Chicago y luego gran ídolo en Valladolid. Fue su última llama. La realidad económica le esperaba detrás de una esquina para destrozar sus sueños baloncestísticos. Muy apoyado por su mujer, Mari Sol, y por sus hijos, Gasca se fue alejando dolorosamente de lo que era su vida, el baloncesto. Un día, fue a ver un partido de juveniles con Ashen Guruceta. Se sintió mal y le llevaron al hospital. Murió unas horas más tarde. Lo último de lo que fue consciente, una cancha de baloncesto, claro. No podía ser de otra forma. El funeral, oficiado por Pipe Areta, que se había ordenado sacerdote años antes, se convirtió en un homenaje impresionante. Luego, en su casa, con Mari Sol ofreciéndonos café con una entereza admirable, unos cuantos recordábamos momentos y jugadas. ¿Cómo puedo explicar lo que me gusta el baloncesto? Sólo de una manera: fui amigo de José Antonio Gasca.






Escriba su comentario acerca de esta noticia: