La España de la triste figura
Paco Rengel
Incredulidad, incluso congoja, nos apabullaron en el comienzo del partido de España. La selección del Líbano bien podría competir en la LEB Oro –con resultado final indescifrable–; su jugador estrella, Jackson Vroman, es un pívot con experiencia en la NBA que pasó por la ACB (Gran Canaria y Akasvayu) sin hacer carrera en la mejor competición de Europa, y la mayoría del equipo libanés estaba peor que a pan y agua: sin pan ni agua, por el Ramadán. Pues bien, a pesar de estos condicionantes de la selección invitada, la camisa no nos llegó al cuerpo durante el primero y el segundo cuartos. ¿Qué pasa? Venga, vamos a fijarnos bien a comprobar si a simple vista nos podemos explicar qué narices le pasa a España…
La ‘defensa visual’ no tiene nada que ver con la oftalmología. Consiste en que tu hombre se mueve como quiere y por donde puede y tú le sigues más o menos de cerca sin perderle de vista, pero tampoco sin molestarle, vaya que te piten falta. ¡Perfecto! Artimaña genial para que el rival disfrute lanzando a canasta, entrando o pasando, aunque sea de Beirut, ciudad de histórica tradición baloncestística.
Claro, una vez que no tiene el balón, te despreocupas totalmente, porque alguien cogerá el rebote… Y, entonces, como casi todos pensamos así, los rechaces del aro una y otra vez van a las manos de Vroman.
Esa pasividad atrás, como si supusiera un cargo de conciencia en las almas de nuestros internacionales, se convertía en una velocidad inquieta y errática en el ataque, donde los malos tiros fueron habituales y el error en el pase un desconocido sello de la casa.
Pero todo cambió a partir del tercer cuarto, cuando se corrigieron en parte esos defectos, los suplentes empezaron a tomarle el ritmo a la competición y Scariolo dejó de clamar en el desierto: ¡Balones a Marc! Fue precisamente casi al final cuando a España se le vio correr sin el freno de mano, arriesgó en velocidad y disfrutó un poco. Pero el Líbano había arrojado la toalla y devaluaba ese espasmo de corajina de Llull, Mumbrú y Vázquez…
A lo largo de todo el partido sí que se observó tristeza, bastante abatimiento. Como si el baloncesto, de un día para otro, se hubiera convertido para estos chicos en un trabajo, en suplicio. Mantengo que la gran virtud de Navarro es que asume su profesión como un juego, de ahí lo excelso de su interpretación. Pues imagínense cómo es la situación, que hasta Juan Carlos está muy lejos de su máxima.
¿Agotamiento físico? ¿Agarrotamiento mental? ¿Desconfianza absoluta? No se sabe. Quien firma, por ahora, sólo tiene claros un par de aspectos: que Fran Vázquez debe estar en la pista cuando Rubio dirija –es el único que entiende que el gallego juega por encima del aro, donde es imparable–, y que cada vez que llega un partido me pongo los dos brazos rodeándome la cabeza por si llega el palo gordo, el definitivo, para que no me resulte demasiado doloroso.
• Estadística del partido





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