La derrota más natural
Ernesto Fernández Samaniego
Sí, hasta nueva orden, la mayoría de nosotros tenemos implícita una enorme responsabilidad en la educación de nuestros menores por el mero hecho de ser adultos socializados. Esta conlleva su tutoría y vigilancia constantes, y todo desde la naturalidad más coherente. No, no es tarea fácil. Estos días asisto entre atónito e indignado al bombardeo audiovisual de las reacciones de algunos derrotados en torneos o finales, españolas o europeas, que no importa el ámbito, pero básicamente futbolistas. Existe un grave error de concepto en la filosofía e interpretación general del deporte y su modelo competitivo, y estamos llegando a límites estrafalarios que, inexorablemente, van confundiendo a toda una generación de niños hasta extremos insospechados.
Es absolutamente innecesario, impropio y casi indigno que deportistas de ese nivel pasen por ese, casi siempre forzado, manejo de las lágrimas, de abrumar la dignidad más razonable con gestos cabizbajos, con desesperación y desolación, con dramas etéreos y fatuos que se clavan en los ojos de los que todavía no tienen criterio propio, y lo asumen como normal sin que nadie lo remedie.
Se entiende, claro, cierta decepción, cierta rabia contenida y, quizá y según la tensión competitiva, alguna salida de tono o explosión emocional aislada. Pero de ahí a lo que vemos media un abismo.
Me pregunto dónde están la madurez, la serenidad y la educación deportiva de un juego que, en la mayoría de los casos y a ese nivel, les va convirtiendo en jóvenes millonarios que saben que tienen garantizado el cariño y el apoyo más populistas si se muestran humanos en la derrota. Saben que una sonrisa tras perder les arrastraría a sufrir las críticas más ácidas y desgarradoras. Interpretan su papel a la perfección. Evitan críticas, amansan a los enfurecidos aficionados y cronistas que se centrarán en ese disgusto ya desmedido antes que en otras cosas. “Fíjate, lo tiene todo, es un triunfador pero ahí está, destrozado…”. Les sorprendería saber cómo están un par de horas más tarde, ya sin focos que los escruten…
Eso no pasa en otros deportes, donde el podio está lleno de sonrisas y felicidad. No es para menos. Deportes minoritarios donde, paradójicamente, ganar o perder sí puede significar tener unos ahorros o malvivir el resto del año y, sin embargo, ser segundo o tercero de una salvajada de competidores rivales es, en buena lógica, ser feliz. No entiendo las diferencias, y sólo se explican desde la propia manipulación del deportista y los medios, que aplauden y fomentan estos comportamientos vergonzosos, inmaduros y estridentemente injustos para el resto de los competidores mundiales.
No, no engrandecen esos gestos de desesperación y horror ante una derrota en una competición deportiva, no mejoran en absoluto la imagen de nadie, ni educan a quienes observan inamovibles toda esa parafernalia. ¿Fue acaso un deber incumplido, ahorraste entrega y lucha, fallaste en tu deber? En absoluto. Perdiste ante un rival que lo hizo mejor. Nada más.
Dejemos las lágrimas para quien las necesita, para quien las justifica, para quien las siente. Probablemente serían necesarias para quien no haya jugado esa final después de entrenarse para eso todo el año, y serían lágrimas solitarias, íntimas, sentidas. Dejemos las lágrimas para quien se lesionó de gravedad durante esa temporada, pero se derramarían sobre el frío suelo del centro de rehabilitación donde lucha por volver. Dejemos las lágrimas para ocasiones más propias. Lo majestuoso es la sonrisa, y el deporte es un instrumento más de la vida, y no al revés. Y, sobre todo, dejemos las lágrimas para aquellos que vieron en el campo cómo una parada cardiorrespiratoria se llevaba a un compañero de equipo sólo para sus ojos. Nada que objetar. El resto sobra casi siempre…
El ‘forofismo’ más desmedido, la pasión mal entendida, la invasión de los resultados deportivos en la vida real de la gente, nace de estupideces así, de frustraciones ajenas en obras de teatro televisivo, y de niños que, sin saberlo, maman de la mala interpretación de sus mayores. No, eso no engrandece, en absoluto. No es grandioso ni humilde quien adopta este comportamiento, sino que más bien demoniza y degrada un segundo puesto que es oro puro en cualquier otro entorno deportivo.
Una gran final es un día inconfundible y milagroso para cualquiera de sus protagonistas, y perderla es un resultado normal, nunca un desastre inesperado con trágicas consecuencias.
Esa actitud empobrece la fiesta y la hace sombría. No todo se mide en términos de diversión o fastidio. El espectáculo de masas anula el criterio propio, y todos sin excepción montan el número.
Suena a farsa medida. Fomentamos las lágrimas de nuestros hijos tras una derrota de su equipo favorito, y lo vemos como una virtud, como algo natural, como la lógica consecuencia de su tremenda afición por unos colores. No, lo que estamos haciendo es crear el caldo de cultivo de una pasión descontrolada, un cambio en su escala de valores emocional que hará que no sepa priorizar, un desastre educativo de dimensiones que no sabemos calcular. ¡Que sonrían, coño, aunque pierda su equipo! Por estar vivos, por tener la oportunidad de ver ese partido, por haberlo disfrutado, por haber vibrado, por sentir el deporte, ¡por todo!
Dejemos que en el deporte, la mano, el corazón y la inteligencia les enseñen el camino correcto, el de la naturalidad, la pasión lúcida y no la ilusa estéril; y veamos los sueños como realidades dispersas, como reza el aforismo, y no como grandes frustraciones que ofuscan. Pitágoras nos lo adelantó hace cientos de años: “Educad al niño y no será necesario castigar al hombre”. Así sea.
“La derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce”
(Jorge Luis Borges)





Hola saludos por este excelente artículo muy prudente y sobre todo exquisito en proponer que la derrota no puede de ninguna manera anteponerse a la real felicidad del niño deportista que tiene que seguir aprendiendo para ser mejor cada día y la complementación de ese concepto lo corroborra con ese magnífico aforismo de Pitagortas: "Educad al niño y no será necesario castigar al hombre" Saludos maestro Ernesto Fernandez Samniego
Brillante! Impresionante prosa y realidad manifiesta...
Hola Luis.Ojala fuese un maestro.En todo caso,un mero observador de las realidades que nos rodean.Gracias por tu amable visita...
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