La selección huele a metal
Mikel Cuadra Aguirre
Cuando alguien se acerca al final de sus días, decimos sin temor a equivocarnos, que huele a muerto. En el caso de la España de Scariolo, salvo tsunami, huracán o huelga de funcionarios, huele a metal del bueno. La superioridad en metraje, de la familia Gasol, en las proximidades del aro, la calidad del baloncesto Navarro y la amplitud de un banquillo que más parece un banco, hacen de la roja una apuesta segura para encaramarse a lo más alto del cajón.
Pero hasta que no tengamos el pájaro en mano, es mejor no creerse nada de lo que se diga. Teodosic o Kirilenko saben mucho de la aleación de los metales. España está rindiendo al nivel del talento que se le suponía y, salvo algún día de baloncesto tonto, ha sido un rodillo de inteligencia y altura. En transición, más felices que en estático; corriendo, más alegres que parados; más altos que ninguno y con el partido a pedir de boca, mejor que con la boca partida.
Queda una semana y ya sabemos que la semana, salvo cuando estamos de vacaciones, se hace un huevo de larga. Deseamos que no haya lesiones en las horas de las verdades, que los cruces no se nos crucen y que a la vuelta el avión pese y valga, unos cuantos kilos más.






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