Los seleccionadores de antaño (y VII)
Carlos Jiménez
Antonio Díaz-Miguel (432 partidos). El suyo es un caso único en la historia del deporte mundial. Nadie ha permanecido veintisiete años al frente de un equipo nacional, lo que resulta curioso para un hombre que llegó al puesto casi por casualidad y como una solución de emergencia para un breve espacio de tiempo.
Fracasada la fórmula de llamar como responsable de la selección al entrenador del club más destacado del momento, la Federación Española decidió la contratación de un técnico estadounidense que había impresionado durante unas conferencias en España, y con un extraordinario bagaje de éxitos en su historial: Ed Jucker. Todo parecía atado y bien atado pero Jucker, aunque llevó al conjunto júnior, no tuvo ocasión de dirigir al equipo grande, ya que terminó en la NBA al frente de los Cincinnati Royals del mítico Oscar Robertson.
Pero nada de esto se sabía cuando hubo que afrontar un torneo amistoso en los Países Bajos. A la espera de que se incorporase Jucker, Anselmo López pensó en Antonio Díaz-Miguel, un manchego de Alcázar de San Juan nacido el 6 de junio de 1933, ex jugador de Estudiantes, Real Madrid y Águilas que había sido 26 veces internacional.
Antonio estaba en los 32 años de edad y tenía un corto bagaje como entrenador. Había comenzado en el madrileño Colegio Chamberí y el llorado Paco Díez le había dado la oportunidad de dirigir al Águilas en Primera División. El equipo bilbaíno, con Miles Aiken de estrella, había cubierto una buena campaña y Antonio comenzaba a estar de moda. Se llamó a Díaz-Miguel para ese torneo, y más o menos se le prometió que podría quedarse junto a Ed Jucker como segundo de a bordo cuando éste se incorporase. Aceptó. Y allí se quedó veintisiete años.
Ya hemos dicho que Jucker no llegó a incorporarse al puesto que tenía reservado, y como Antonio había dado nuevos aires al equipo nacional, en el que habían desaparecido las tensiones como por ensalmo, se le dio una nueva oportunidad para que dirigiese al conjunto en el Mundial Extraordinario que se jugaría en Chile en 1966. La reciente nacionalización de Clifford Luyk le permitió reforzar el punto débil del equipo, el de pívot, y el resultado fue halagüeño. España jugó como nunca lo había hecho antes y no se encontró motivo alguno para que se marchase Antonio una vez que se descartó definitivamente la incorporación del americano Jucker.
En 1967 volvieron las dificultades. Ausente por lesión Luyk, la selección causó una paupérrima impresión en los Juegos del Mediterráneo de Túnez. Inmediatamente después, nuevo fallo, esta vez en el Europeo de Helsinki, Finlandia. Para colmo, volvieron los problemas: Anselmo López castigó a Monsalve y Antonio no le utilizó mientras pudo evitarlo, pero cuando tuvo que recurrir a él, Moncho se comportó fabulosamente y eso significó que el mejor reboteador del torneo, Alfonso Martínez, apenas jugase el último día, con el consiguiente enfado del aragonés.
Al regreso a España, Raimundo Saporta, a quien Anselmo López había encomendado la selección, tenía ya su hombre para hacerse cargo del equipo nacional: Ignacio Pinedo, que había destacado en el Estudiantes y tenía a su cargo a los juniors y al equipo de estatura por debajo de 1,80. En el último momento Ignacio renunció y se dio una nueva oportunidad a Díaz-Miguel. Desde entonces ya no se cuestionó al entrenador ni en los momentos de mayor penuria, como los que siguieron al terrible fracaso en el Europeo de Lieja en 1977.
Con Díaz-Miguel la selección vivió momentos mágicos, incluyendo tres medallas de plata, una olímpica (Los Angeles 1984) y dos europeas (Barcelona 73 y Nantes 83), y otra continental de bronce (Roma 91). También hubo decepciones, sin duda, pero el balance global de tan larga etapa fue positivo: Antonio transfirió a la selección un nuevo espíritu de equipo y contribuyó decisivamente al éxito de este deporte en España, con sus logros en el campo, incluyendo un cuarto puesto inolvidable en el Mundial de Cali 82. Pero también su personalidad contribuyó a forjar la leyenda: cursos, conferencias, coloquios, presencia en televisión, incluso promocionando una enciclopedia de baloncesto. Antonio fue el hombre de moda durante muchos años y quizá debió retirarse cuando estaba en la cumbre de su fama.
Pero con los años Díaz-Miguel se había identificado de tal forma con su puesto que no veía el momento de dejarlo. Ni siquiera tras el fallo lamentable de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. En algunos periódicos se hablaba de que algunos jugadores no le querían al frente del equipo y de que había llegado el momento de sustituirle. Tras el mazazo de la derrota ante Angola, Antonio se defendió en público: "Yo no soy culpable". Pero la cuestión no era si tenía o no tenía razón. La oposición a él había crecido y la Federación Española pensó que se imponía cerrar un ciclo. No hubo renovación de contrato para el técnico y Díaz-Miguel, tras un largo y fructífero periodo al frente del equipo, quedaba apartado de la selección.
Desde entonces, unos pocos meses al frente del Cantú en la Liga italiana y Antonio que no se resignaba al olvido; hasta entrenó a un gran equipo femenino en Getafe. Hasta su muerte siguió pensando que su despedida de la selección había sido una injusticia
Manuel Sáinz (desde 1993 a 2000). El sustituto de Díaz-Miguel es el nombre elegido para poner el punto final a la historia. Lolo sique en activo, ahora al frente de la sección de baloncesto del Real Madrid, con un cargo por encima del entrenador, una merecida recompensa a un hombre que fue un grandioso jugador y un magnífico técnico. Pero de él y sus seguidores prefiero dejar que se encarguen los periodistas más jóvenes y menos pelmas.





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