Los tres tiros libres de Prada... y algo más (I)
Juan Carlos Garnica
La historia del baloncesto español pareciera partida en dos: una época negra, o al menos oscura, que integra páginas memorables que yacen en un angosto cuarto trastero adonde van a parar los enseres obsoletos, y una época luminosa, cuyo potente fogonazo, siempre al frente, hubiera erradicado toda suerte de recuerdo alternativo, invadiendo la memoria de nuestro deporte, una suerte de sofocante antonomasia del recuerdo.
La ACB, claro está, es el punto de no retorno en esa cruel división entre la memoria potenciada y la olvidada, como bien han señalado personalidades brillantes de aquel periodo soterrado como Pedro Ferrándiz, Juan Antonio Corbalán o el propio Martín Tello, y nunca sabremos si esa preterición cierta de la etapa pre-acb es mera casualidad u obedece a más profundas motivaciones.
Pero sí, señores, había baloncesto en España antes de que las huestes de Don Eduardo Portela, y más tarde su émulo continental, Don Jordi Bertomeu, convirtieran este deporte en una estructura superprofesionalizada, en un modelo a seguir por el resto del mundo; aquellos eran otros tiempos, ni mejores ni peores, y de vez en cuando daban para asistir a espectáculos tan estimulantes como el que aquí vamos a tratar de narrar.
Y sí, aquellas competiciones, siendo infinitamente más diletantes –léase chapuceras– que las actuales, tenían algo, si se quiere un elemento perverso, que se echa en falta en las actuales: la pasión extrema, que a veces llevaba a situaciones ciertamente peligrosas.
Había grandes equipos que dejaban de participar por temas exclusivamente políticos, había ardorosas canchas con ambientes terribles, al borde de la agresión tumultuaria, cuando no en su mismo corazón; había cánticos y pancartas delictivas, canastas que las mesas se olvidaban de contabilizar y decidían partidos, rivalidades parabelicistas, encerronas, arbitrajes con pasamontañas, partidos decisivos de última jornada que se disputaban no sólo en horarios, sino en días distintos… En fin, era aquel basket FIBA un mundo no apto para mentes cartesianas, carnes trémulas ni paladares exquisitos.
Centrándonos en las competiciones europeas, organizadas por la FIBA, es tanto lo que ha cambiado la cosa que se hace necesario un preámbulo explicativo.
Las competiciones continentales masculinas europeas eran tres:
• La Copa Korac, para la que se clasificaban los clubes que hubieran quedado en los mejores puestos de las ligas nacionales sin ser campeones ni de Liga ni de Copa.
• La Recopa, a la que generalmente iban los campeones de Copa.
• Y la Copa de Europa, a la que accedían los campeones de Liga.
La máxima competición continental tenía un sistema tan simple como apasionante: una fase previa en la se formaban seis grupos de tres o cuatro equipos, cuyos seis campeones jugaban la liguilla final mediante el sistema ida y vuelta; es decir, cada equipo de los seis grandes en esa liguilla jugaba 10 partidos, y los dos primeros clasificados de esa ronda final se disputaban el título en la gran final a único partido.
Ni que decir tiene que los cinco partidos que cada equipo disputaba como local adquirían una importancia desmesurada, y se jugaban en un clima de expectación y tensión máxima, dada la exigencia del sistema y la dificultad de ganar a domicilio; de hecho, se decía que ganando los partidos de local y dos fuera casi te asegurabas el paso a la gran final.
Normalmente, de esos seis participantes había un español, un italiano, el Maccabi, el TSKA, un yugoslavo y un convidado de piedra que podía ser griego, francés o vaya usted a saber. Lo que estaba asegurado era el altísimo nivel de esa peculiar ‘Final Six’ y la emoción de las últimas jornadas para saber los dos clasificados en la lucha por el máximo cetro continental.
→ Continúa...





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