Los tres tiros libres de Prada... y algo más (y IV)
Juan Carlos Garnica
Dos semanas después, ante 12.000 espectadores, la mayor parte italianos, se disputaba la gran final en la que el Bosna de Sarajevo se impuso, contra pronóstico, al Emerson de Varese, alcanzando el primer máximo título europeo a nivel de clubes para el baloncesto yugoslavo.
El Bosna, a pesar de ser la primera vez que comparecía en una máxima final continental, frente a la décima que disputaban los italianos consecutivamente, mostró gran aplomo y claridad de ideas, y se alzó con el triunfo apoyándose en una extraordinaria defensa, en el poderío reboteador de Ratko Radovanovic, y en la sensacional actuación del dúo exterior Varajic/Delibasic, autores de 75 de los 96 puntos conseguidos por su equipo, con unos porcentajes ciertamente inusuales para este tipo de encuentros.
El partido comenzó con el Bosna mandando por distancias cortas y un Varese desconcertado, jugando con cuatro 'pequeños' más Morse, con Meneghin en el banquillo. La pareja americana de los italianos mantiene a flote al equipo (26-21 a mitad de primer tiempo) y cuando Morse anota una canasta a tabla desde 4 metros, poniendo a los suyos por delante 28-30, y dos suspensiones laterales de seis metros, que les mantienen por encima, parece que los yugoslavos acusarán la inexperiencia.
Nada más lejos de la realidad, los 'plavi' recurren al veterano Svetislav Pesic, y ajustan su defensa sobre el astro de Pennsylvania, impidiendo que reciba mediante cambios tras bloqueo, con lo que llegan al descanso dos arriba (45-43).
En la reanudación, tras unos minutos de igualdad, con empate a 53 en el marcador, los 'tifossi' piden a gritos la presencia de Dino, aunque sea con una mano, y Rusconi claudica. El 'colpo di scena' que supone la entrada del 'Monumento', que con su mano izquierda aparatosamente vendada anota sus dos primeras suspensiones de cinco metros, no hace perder los estribos al Bosna, comandados por el montenegrino Varajic, ebrio de acierto, provocando faltas y anotando sus características suspensiones impulsándose hacia delante y cargando el tiro en caída.
Empieza a decidirse la final, y una fina suspensión de Delibasic a 2 minutos y medio da la máxima diferencia a su equipo (91-78), de forma que los postreros intentos de presión a toda cancha de los varesinos apenas dan para maquillar el resultado: 96-93. El Bosna es justo campeón y levanta la Copa, que inopinadamente no fue la oficial, pues los italianos olvidaron llevarla a Grenoble y hubo que comprar una sustitutiva para la ceremonia de entrega.
Nuevamente, cosas del basket FIBA.
Curiosamente, aquella edición de la Copa de Europa fue para el Pallacanestro Varese el canto del cisne, ya que no volvería a disputar la máxima competición continental hasta 1998, con ya otro Meneghin en su plantilla, y, a otro nivel, pero casi lo mismo se podría decir para los madrileños, pues tras ganar su séptima Copa de Europa ante el Maccabi en 1980, no volvió a levantar el trofeo hasta 1995, cuando el astro lituano Arvidas Sabonis lideró a los blancos en Zaragoza hacia el octavo y, por ahora, último entorchado.
Los espectadores que aproximadamente a las 22.30 del 23 de marzo de 1979 se encontraban en el Pabellón de la Ciudad Deportiva del Real Madrid, ignoraban que, ante sus ojos, el duelo más grande que jamás haya existido a nivel de clubes en el baloncesto europeo, tocaba a su fin y con ello se iba toda una época grande, distinta e inolvidable del deporte de la canasta.
No puedo dejar de pensar que en aquella insólita reacción final del público madrileño, tras la cruel evidencia de la derrota, hubo algo de presciencia crepuscular, un instintivo sentimiento de pérdida, un íntimo anhelo por tantos momentos intensos vividos entre ambos equipos, y que estaban por desvanecerse.
Sí, ciertamente aquel tiempo, aquel baloncesto, aquellos equipos y aquellos hombres existieron y como tantas otras buenas cosas de nuestra vida, no merecen caer en el olvido.





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