Motes en el vestuario
Víctor M. Romero
Sobre motes nunca estará todo dicho o escrito. Hay apodos graciosos, de chiste, otros curiosos, los hay populares, y otros, muy privados. Incluso también prohibidos, duros y demasiado ofensivos, aquellos que no se pueden reproducir. Algunos los ponen los aficionados, otros los propios jugadores, hay quien se autodenomina con un nombre y los últimos, los periodistas.
Tarín tenía varios, como Tarín (Kareem) Abdul Jabbar. Miguel Rivera es Michi, Kukoc para Monsalve. Estaba Pajota Davalillo, que vino al Palacio hace poco y después de diez años como directivo del Bilbao. O Rafa Vega, Descoordineitor. El mejor, sin duda, fue en aquella época el Muñeco diabólico, honor que recayó en Eduardo Sabater, por su parecido a Pedro Piqueras. Los hermanos Dalton –por lógica– caló hondo en los gemelos Álvarez. Oriol Junyent era conocido por Uri o Sean. Talaverón, Rafa Panajotis, y Héctor Manzano, el Gato. Quién olvida a Paquito (Franki King). Pero esos son historia.
Los que importan son los actuales. Andrea Pecile, por ejemplo, se bautizó desde la temporada pasada como Sunshine, que significa rayo de sol, aunque caballo rampante o cavallino rampante, también correcaminos, como le llamó Dani Olivares, le vienen como anillo al dedo. Y en esto, el señor, claro está, es Nacho Ordín porque Frodo, el protagonista de la famosa película, corrió como la pólvora. Más 'grave' resultó aquel sobrenombre que le puso su amigo Oriol Junyent: Leonardo Dantés «porque mueve mucho las manos», como el 'friki' televisivo.
Sandro Abbio es el Pájaro loco y le viene de largo según cuenta el propio Pecile. Hasta su hijito de tres años juega con un pajarillo carpintero de color rojo... será en honor a su padre. A Dani Romero le han colocado la etiqueta de Peja, como Stojakovic, lo que no deja de ser un halago. El más joven de la plantilla tiene muchos. Gutiérrez puede pasar por Juanpi de Juan Pedro, por Guti, diminutivo de su apellido, por pibe, boludo... y demás léxico argentino. Pecile le llama Tino y lo explica fácil. «Es por argentino, él me llama Tano, por italiano, así somos Tino y Tano».
Jesús Fernández, que aparenta ser serio, con sus gafas y cara de intelectual, sólo lo es en apariencia. Este adicto al cine –«Hay que verlas todas...», me dijo un día en el videoclub– se queda con Búho... no sé si por las lentes o por la nocturnidad (aunque será en casa frente a la pantalla).
A José Antonio Paraíso le caería bien aquello de el Gominas, aunque éste no está patentado. «Hasta cinco botes distintos tiene en el armario del cuarto de baño», apunta nuestro investigador del vestuario y especialista en 'salsa rosa'. A Paraíso, el mote, esa es la verdad, le pega. Se lo pongo, fíjate (bueno, Fijata). Rueda, Fran para él y Paco para el vulgo, sería la Leche, Blanco nuclear, el Hombre blanco de Colón, Copito de nieve... le van rodados.
El cuerpo técnico tampoco se salva. Eugenio Llera es Eullín (Eugene), como McDowell. José Antonio Ureña, el Tito, y a Sergio Valdeolmillos le endosaron otro mote menos agraciado y que queda en la reserva. El fisioterapeuta, Juanjo Muñoz, convive alegre con Manos de santo. Los americanos hoy son Di, de Danya, y Bud, sin más. A Eley le va aquello de el Tatuajes. Está plagado y en el cuello reza una leyenda: «Lo que haga falta». Pues eso, apodos, los que hagan falta... Se aceptan propuestas.
• Reportaje publicado en el periódico 'Ideal', de Granada.






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