Navarro, cuestión de cabeza
Paco Rengel
Efectivamente, tras un espectacular traspaso a la competición inglesa se fue diluyendo con el paso de las temporadas. De la súper estrella que algunos pensaban que llegaría a ser, se quedó en un futbolista vulgar. El detalle del Mercedes fue una clara premoción.
Juan Carlos Navarro cumplirá 30 años el próximo mes de junio. Desde que compareció en la ACB se comportó como estrella, y su rendimiento permanece inalterado, sobresaliente en líneas generales. El jugador del Regal F. C. Barcelona reconoce que dejó los estudios pronto, que tantas exigencias profesionales le ayudaron a tomar esa decisión, aunque no descarta, una vez retirado, interesarse por la formación. Nunca es tarde.
Sin embargo, no veo a Navarro emulando al chico mencionado al principio, porque en la cancha se le aprecia una cabeza muy bien amueblada. El escolta catalán es un elegido para este deporte y su comportamiento siempre ha sido idéntico. Me contaba hace unos días Nacho Rodríguez que una pretemporada lo llamaron para que dejara las vacaciones familiares en Galicia y se presentara a trabajar con el primer equipo, ya que faltaban jugadores a causa de varias lesiones. “Allí llegó, enclenque, y le dio igual todo. Lo mismo que hacía en su categoría lo hizo con los seniors, sin cortarse un pelo, con el mismo desparpajo. No le condicionaba la situación de relativa desventaja para su descaro”.
Y el truco de Navarro es precisamente ese: su comportamiento en la cancha de juego obedece a una premisa máxima, a que se trata de un juego, a que si te lo tomas como diversión –por muchas connotaciones en contra que tenga esa supuesta ligereza– tienes más opciones de superar al contrario, porque hay tanto en juego alrededor de un partido profesional que la candidez del ‘infantil’ se impone al ceño fruncido del ‘veterano’. Porque Juan Carlos Navarro Feijoo sigue siendo el niño que disfruta jugando al baloncesto. Ese es su secreto. Y su cabeza.
Quien le puso lo de ‘la Bomba’ también podría haberle bautizado como ‘Pascual’. Porque ‘es la bomba’ y es ‘¡la leche!’.



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