Ni blanco ni negro
Mikel Cuadra Aguirre
Somos muy dados al todo o la nada, al blanco o negro, al listo o al tonto, y nunca en la vida son buenos los extremos; salvo que corran la banda en un estadio futbolero de manera prodigiosa. Después de ver el final entre la 'blancanieves' CSKA, y 'el patito feo' Olympiacos, me he dado cuenta de que lo anteriormente expuesto, es más cierto que los viernes de recortes gubernamentales.
Los rusos poderosos de presupuesto y nombres, los helenos con un dechado de 'desperdicios' unidos a un dios del balón llamado Spanoulis. La trama transcurría según el guión. El asesino alto y musculado, hacía de los liliputienses griegos una víctima propiciatoria y nadie apostaba un euro por lo imposible. Pero las lanzas se tornaron cañas, y cuando más cerca parecía que el kazachok iba a ser el baile al final del partido; un grupo de indignados en el olvido europeo (Papanikolau, Printzesis y cía) acabaron bailando, a los prepotetentes,altos y cachas rubios, un sirtaki. Me alegré por esos jugadores a los que mandaron a hacer maletas desde otros lugares porque no valían, me alegré porque al final el que es bueno siempre lo será a pesar de los caprichosos, y toqué las palmas por aquellos que habían sufrido la mofa y la crítica sin haberles dejado el tiempo suficiente de que fueran lo que realmente son.
Que tomen nota los iluminados, los amigos del capricho, de la subjetividad llena de ombligos agradecidos, que intentan acabar con carreras brillantes por el simple hecho de que no les guste cómo le miras o cómo andas. Olympiacos y su entrenador (quizás obligados por presupuesto) enseñaron al mundo que se puede alcanzar la gloria no sólo con un puñado de dólares; también con un puñado de griegos.
Ni blanco, ni negro. A todos los implicados en este bendito deporte les aconsejo humildemente que antes de hundir carreras se dediquen a descubrir qué es el verdadero talento, que dejen sus amiguismos y caprichos para cuando salgan de copas con sus amigos o de tiendas con sus adorables parejas, y que llenen de vivos más que de cadáveres sus trayectorias deportivas.





Me encanta tu comentario y cuánta razón tienes en tus palabras. El talento no se pierde de un día para otro pero los intereses en los clubes hacen que así sea y, sobre todo, en el caso de los adolescentes de 14-17 años que no entienden el porqué hoy sí, mañana no, se culpan por ello y pierden la ilusión por jugar al baloncesto.
Olé Mikel, chapeua.
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