No era tan malo
Javier Dale
-Pues he estado viendo la final de la Recopa del 89, la de los 62 puntos de Petrovic, hace poco y… Cómo decirte…
-Ya. Que te has dado cuenta de que no era tan malo, ¿no?
El anterior diálogo lo mantuvieron mi amigo Rodrigo Ron –organizador del festival de publicidad infantil El Chupete, que este año versará sobre comunicación y deporte– y Fernando Romay, que no necesita presentación.
Y sí, es cierto. Romay no era tan malo.
Hará 20 años –ojalá 20… quizá ya un cuarto de siglo–, cuando la gente de mi generación se acercó al baloncesto, nos resultaba difícil entender cuál era el valor en la cancha del gigante gallego. Apenas si podíamos entender cuál era la calidad baloncestística de aquel pívot enorme, que rara vez anotaba, que cogía rebotes –quién no, con 2,13– y que, eso sí, era el más rápido en cargarse con cinco faltas personales.
Hoy, con ojos más expertos –o tal vez menos fascinados–, cuando vemos jugar a aquel joven Romay entendemos cuáles eran sus talentos. Le seguimos viendo anotar poco, y cargarse pronto de faltas, y coger –claro– rebotes, pero también apreciamos un buen ‘timing’ de salto, vemos cuántos tiros se iban al hierro por lo que intimidaba; leemos los espacios que creaba con sus bloqueos y pantallas. Y nos acordamos de todos aquellos jugadores, a este y otro lado del charco –Pedro Rodríguez, Juanan Morales, James Donaldson, Mark Eaton, Ario Costa, Goran Sobin…– que tantas veces hicieron buenos a sus compañeros.
Y supongo –o al menos así me consuelo– que el paso del tiempo, en este caso, no envejece el paladar, sino que lo llena de matices. Y que por eso un mate de concurso nos deja fríos y preferimos una jugada colectiva culminada con un pase extra que finaliza con una cómoda canasta exterior cuando el reloj de posesión expira. O nos sobrecoge ver la habilidad de Ricky Rubio para leer los bloqueos y no perder a su defensor, aunque tenga que chocar consecutivamente con dos moles de más de 2,05. Y vemos con placer renovado viejos partidos en los que descubrimos texturas nuevas: más allá del festival anotador de Michael Jordan en los Bulls de los primeros 90, ya podemos ver cómo los movimientos de Bill Cartwright abrían los espacios que ‘His Airness’ aprovechaba como nadie.
Sí, nos hacemos viejos. Y, aunque sólo sea en materias leves, también más sabios. Lo suficiente como para ver que, por ejemplo, Romay no era tan malo.
Más bien al contrario.






Romay era un 'peazo' de jugador. Marcó una época en el baloncesto español. Fue un auténtico referente.
Si nos olvidamos de que no sabía correr ni botar el balón ni saltar, pues no, no era tan malo. Aunque con el tiempo mejoró bastante y como persona es de gran calidad humana.
Eras un gran jugador y es una gran persona. Cada uno tiene su mision en la cancha.
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