Pedro Ferrándiz: egolatría justificada
Paco Rengel
“Ya era hora de que entrara un mito en el Hall of Fame. Enhorabuena. Abrazos y besos. Paco y Rosi”. El pasado miércoles le envié un SMS con ese texto a Pedro Ferrándiz. Ignoro si lo ha leído ya o le saltará cuando regrese a España. Es una prueba más de mi solidaridad con la egolatría de este alicantino que cumplirá 79 años el próximo 20 de noviembre…
Como saben, basketconfidencial le reservó su apartado desde que nació hace ya casi seis años. Quizás era lo que teníamos más claro, y el nombre –El mito–, también. Me enorgullece ser amigo del nuevo miembro del Salón de la Fama del baloncesto mundial y, sobre todo, que él me haya elegido para su equipo de amistades. A pesar de estos lazos de franca camaradería, resulta complicado explicar cómo se puede elogiar a un ególatra. Sólo conociendo a Pedro sería inútil escribir nada, pero no será el caso de la mayoría. Así que voy a intentarlo.
Me voy al diccionario de sinónimos y no hay por dónde meterle mano al farragoso planteamiento que me he hecho. Egoísmo, vanidad, fatuidad, vaciedad…
Bueno, bueno… Prefiero contarles detalles en plan telegrama: poco después de cumplir los 20 años llegó a Madrid; no le impresionaron los grandes edificios que reducían a un pueblo a su Alicante natal y simplemente se dijo: “Aquí tengo que triunfar yo”. Acudía con una maleta de cartón y el ‘aval’ de haber entrenado a unos equipos de chavales en su ciudad. Ganó doce de las trece ligas que disputó, cuatro copas de Europa y once Copas del Generalísimo con el Real Madrid.
Vuelvo al diccionario: vanidad, presunción, petulancia, pedantería…
Sigo contándoles. Se sacó de la manga en una eliminatoria que su equipo se metiera una canasta en el propio aro para evitar una prórroga que le perjudicaba, ya que los titulares estaban eliminados por faltas. La autocanasta de Ferrándiz obligó a la FIBA a cambiar el reglamento.
Más. En 1975 decidió retirarse de los banquillos “porque me salen los títulos por las orejas”. No obstante, tuvo una oferta del Barcelona: le dijeron lo que estaban dispuestos a pagarle y él preguntó: “¿Al año o al mes?”. Le colgaron el teléfono y no volvieron a llamarle.
Se dedicó a recorrer el mundo y a jugar al golf, su nueva pasión. Así estuvo más de un lustro, hasta que se cansó de perder en ese deporte y lo abandonó. Volvió a ver partidos de baloncesto y se dio cuenta de que en el tiempo que había pasado era mucha la gente nueva que se había incorporado al deporte de la canasta y de que apenas le conocían.
En su prodigiosa cabeza buscó la fórmula de resolver ese asunto: gestó y creó –nunca mejor empleado este verbo– la Fundación Pedro Ferrándiz, el centro de documentación y cultural relacionado con el baloncesto más importante del mundo. Su gran obra, su inolvidable título, su ejemplo de amor a un deporte que él hizo grande en España y en Europa. Un ejemplo de antónimo de egolatría, porque esto es generosidad.
Después de estas cosas sólo me queda seguir repasando los sinónimos malévolos de la maldita palabra: narcisismo, soberbia, egotismo… Estoy a punto de arrojar la toalla, pero aparece el apropiado, ¡eureka!, y me pongo a dar saltos como si yo mismo me hubiera metido la canasta en mi aro: orgullo. Sí, sí, la egolatría que pudiera padecer Pedro Ferrándiz a ojos de quienes no le conocen se llama OR-GU-LLO. Y más que justificado.
¡Enhorabuena, Pedro!

Si, probablemente lo sea.
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