Pensamientos, espectáculo y privacidad
José M. Domínguez
Noviembre del año 2050. Héctor García nunca fue un deportista activo, pero sí amante del deporte-espectáculo, que siempre había despertado en él una profunda fascinación. Tenía 10 años cuando su padre, que desempeñó un cargo importante en una institución pública malagueña, lo llevó al acto de inauguración de la ampliación del ya vetusto Palacio de Deportes José María Martín Carpena. Aún se acuerda de la impresión que le causó la enorme mole colgante del techo que aquel lejano día se estrenaba como uno de los videomarcadores más grandes del continente europeo. Apenas ha vuelto a visitar ese pabellón, porque él siempre ha preferido seguir el deporte por televisión, bien pertrechado en el sofá de su apartamento, provisto de un mando que le permite desplazarse instantáneamente por los más variados recintos deportivos. Con el paso de los años, la oferta de retransmisiones, en directo o en diferido, se ha hecho verdaderamente inabarcable.
La tarde del sábado, después, de una larga y ardua semana de teletrabajo, se presenta llena de alicientes. La inmensa pantalla reproduce simultáneamente, formando un mosaico en permanente movimiento, una decena de eventos deportivos. Mediante un simple golpe de voz, la imagen del nuevo coliseo malagueño, una de las señas de identidad de la metrópoli cuando se observa desde el aire, pasa a dominar la superficie ultraligera del reproductor.
Está a punto de comenzar un partido de baloncesto del equipo local, heredero del antiguo Unicaja, que, contra viento y marea, en un proceso lleno de vicisitudes, ha logrado mantenerse, no sin altibajos, dentro de la élite europea. Las reglas del más que centenario deporte se han ido adaptando, pero, afortunadamente, éste no ha perdido su esencia.
Pronto el entrenador del equipo visitante se ve obligado a solicitar un ‘time out’. Desde hace años, ya nadie utiliza la antigua expresión de ‘tiempo muerto’. Realmente se han convertido en tiempos muy vivos. Los últimos avances tecnológicos permiten no sólo ver y escuchar las instrucciones del técnico, trasladadas en un inglés mestizo, sino también, mediante un sofisticado y singular opcional sistema de ‘pay per view’, leer en la pantalla los pensamientos de los jugadores y de los miembros del cuerpo técnico. A pesar de no ser precisamente un capricho barato, ese adelanto está causando verdadero furor entre la audiencia, aficionada y no tanto al baloncesto, palabra que suena ya como un arcaísmo. Hay un corriente de opinión que se opone a esa práctica, por considerar que no es muy ética ni respetuosa con la privacidad de los protagonistas, pero ha prevalecido la causa del espectáculo. Los niveles de audiencia se disparan durante tales períodos, que, ante el lucrativo negocio, alguien ha propuesto ampliar en número y en duración.
Cuando acabó el partido, Héctor recordó que, hacía bastante tiempo, su padre le había hablado de un libro escrito por un tal David Lodge en el año 2001, un año después de nacer él, con el título ‘Pensamientos secretos’. Su padre, admirador del escritor inglés, le había recomendado su lectura y le había hablado del protagonista, un profesor y científico que dirigía un centro universitario de ciencia cognitiva y que tuvo la ocurrencia de ir grabando todos los pensamientos que se le iban pasando por la cabeza, como ejercicio dentro de una investigación sobre los procesos de la mente y su posible recreación mediante la inteligencia artificial. Le había asegurado que la obra era a la vez profunda y divertida, pero él creía que todo eso había quedado ya superado.
No obstante, como un pequeño homenaje a la memoria de su padre, que, sin mucho éxito, había tratado de inculcarle el hábito de la lectura, decidió hacer un esfuerzo e intentarlo. Después de una minuciosa búsqueda en la biblioteca que había heredado de su antecesor, localizó el ejemplar. Al abrirlo, quedó sorprendido por la mirada franca e inteligente del novelista, estampada en la solapa interior, y, mientras la partículas de polvo describían una danza a cámara lenta, leyó con nostalgia la frase que había dejado escrita su anterior propietario: “Sé siempre libre en tu pensamiento y respetuoso con el de los demás”.
Héctor sintió un súbito deseo de reencontrarse con su padre, a quien durante tanto tiempo había ignorado, e incluso despreciado, por su afán permanente de someterlo todo a unas estrictas reglas racionalistas y su pretensión de que su hijo fuera una réplica de él. Le vino a la memoria cómo era partidario de que se preservara el derecho a la intimidad de los entrenadores cuando impartían sus instrucciones en los todavía denominados ‘tiempos muertos’. Él no entendía que cuando se ejercía una labor profesional pudiera imponerse por decreto su conversión en un espectáculo público. Igualmente creía que todo el mundo tenía derecho a la privacidad y que, consiguientemente, salvo que la persona en cuestión fuera plenamente consciente de que se iba a hacer uso público de sus manifestaciones, éstas debían reservarse por principio a voluntad del interesado. No obstante, también le adoctrinaba recordándole que somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras. Le gustaría poder preguntarle qué diría ahora que las nuevas tecnologías han despojado a las personas del dominio de sus pensamientos secretos.
Debajo de la frase que había dejado escrita en el libro, fechada el 24 de mayo de 2003, había otra expresión críptica: “El llanto es un enigma”. Sintió una enorme tristeza y, a un ritmo frenético, comenzó a devorar las páginas amarillentas de la novela, por si allí se encontraba la clave de ese misterioso adagio.



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