Roberto, mago de la sencillez
Ernesto Fernández Samaniego
Hace unos días leí, casi por casualidad, que un amigo de mi infancia, Roberto González Presas, pasaba a ser entrenador del equipo ACB Blancos de Rueda. Ambos dimos nuestros primeros pasos en este deporte en el Colegio Lourdes de Valladolid, donde compartimos mucho más que un juego de fin de semana. Yo tuve la suerte de navegar en la Liga ACB y, muchos, muchos años más tarde, aparece mi compañero con otra profesión diferente, pero surcando el mismo mar…
Roberto nunca quiso llegar porque nunca quiso ir a ningún sitio más allá de donde las circunstancias le condujesen, sin ambiciones fatuas ni pretensiones vacías. Roberto no quiere crestas ni olas, sino reposar en su trabajo y en sus convicciones. Schopenhauer nos explicó que para nuestra felicidad importa más nuestra situación personal que lo que puedan pensar los demás sobre nosotros.
Roberto lleva 30 años de éxito, desde que decidió ser jugador de baloncesto y, posteriormente, entrenador o maestro, que no hay tantas diferencias. No creo equivocarme si aseguro que, siga en ese proyecto o no, seguirá siendo feliz, sereno, educado y responsable, sin decepciones absurdas ni soberbia insultante. La fama es limitada y fugaz, un consuelo de incapaces, mientras que la felicidad es endógena, eterna, casi inmortal si la consigues. No importa si es en la soledad del pasado o entre la multitud del presente: el destino le ha concedido un regalo, pero nunca lo necesitó, a decir verdad.
Sólo ha extendido las manos con timidez para intentar, con cierto pragmatismo, encontrarle alguna parte humana al proyecto. Sin ella, nunca lo hubiese aceptado. Esto no es el cénit de nada, sino una piedra más de un proyecto vital y profesional al que le queda toda una vida, sólo una gota del enorme recipiente que falta por llenar.
Sus pasiones nunca serán el éxito o la notoriedad, sino el trabajo y la seriedad. No creo que se fíe de los cómplices de juguete que ahora le rodean, ni de las manos en la espalda que, en función de sus resultados, le sostendrán o empujarán. Roberto se fía de lo de siempre, de los de siempre. Roberto vive cerca del baloncesto desde su infancia, desde aquellos primeros pasos en el colegio donde nos educamos.
El éxito se sostiene con la madurez y se basa en una trayectoria impecable, nunca en determinados resultados, ni tan siquiera en decisiones acertadas, sino en una coherencia personal que viene de lejos, de muy lejos…
El trabajo nunca está por encima de la vida de nadie, ni siquiera de aquellos que lo intentan. La vida puede sentirse orgullosa de Roberto, y no al revés. La esencia de las personas permanece inalterable con el paso de los años.
Él no necesita buscarse a sí mismo, porque siempre ha tenido claro quién era. Roberto ya era maduro con 15 años y eso transmitía: nobleza, serenidad, seriedad comedida y una gran sonrisa cuando se lo permitía. Después de cada partido era él, sin haber jugado un solo minuto o habiendo anotado 20 puntos y tras completar el partido de su vida; disfrutaba, sin más.
Ser primer entrenador ACB ha sido mi excusa para recordar que, con o sin ese regalo, seguirá siendo feliz, seguirá estando rodeado de sus amigos, seguirá siendo él. Su rostro será mate pero sus decisiones brillantes, su fe será ciega pero su carácter lúcido, su naturaleza sobria pero su capacidad altiva. No importa lo que ocurra. Roberto no llegó ahora. Estuvo desde siempre…






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