Sí señores; lo vi
Martín Núñez
Con sólo 23 años, puedo decir que soy un privilegiado. Lo vi, y cada día que pasa, mi asombro y la emoción que siento es la misma. Fue una noche de verano, mi familia y yo nos fuimos de vacaciones a Estados Unidos, más exactamente a la Florida. Mucho Disney, mucho Mickey y otros animales con guantes blancos; mucha de la cada vez más típica extravagancia estadounidense, que, lógicamente, para un niño de 12 años no deja de ser llamativa e inolvidable.
Sin embargo, uno de los días más bonitos de mi vida estaba por venir. Iba a ver lo que para mí era el verdadero mundo mágico. Iba a ver un partido de la NBA. No sólo eso, sino que jugaban Orlando Magic y Chicago Bulls; sí, los Bulls de Michael Jordan, los que marcaron una época en los 90. Y yo, sí yo, iba a verlos en vivo. En realidad, mi único y claro objetivo era tener frente a frente a Jordan. Pero no lo conseguí, aunque para mí verlo desde lejos valió como el mejor de los triunfos. Triunfo que festejé con mi viejo, quien en una maratoniana carrera consiguió las entradas en una reventa en Miami. Apenas se enteró, agarró el auto de alquiler, a fondo, eludiendo a la 'Police' y llegó justo a tiempo para ir al estadio.
Me sentía completo, aunque también un espía, porque con mi viejo entramos la cámara de filmación a las escondidas, dentro de una campera, ya que está prohibido filmar. Ya con verlo entrar en calor estaba satisfecho, pero durante el partido sentí como que Jordan sabía que lo fuimos a ver especialmente a él, y nos regaló toda su magia esa noche.
No me di por vencido y promediando el último cuarto -encuentro ya definido-, bajé todos los escalones que pude hasta que un maldito 'security official' se interpuso en el camino hacia mi ídolo. Con mi más perfecto 'argentinglish', le dije: "No hablo inglés. Cámara, foto Jordan". No quiero desilusionarlos, pero hasta ahí llegué. La foto la saqué de todas maneras, pero esa maldita persona vestida de azul oscuro no me dejó tocar ni por lo menos acercarme un poco más al rey. Claro que hoy en día todo cambió en mi vida. La profesión que elegí corrigió mi fanatismo y "cholulismo", conocí a mucha gente que admiro, pero aprendí a mantener un cierto respeto.





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