Spencer Haywood: estrella estrellada (VI)
Juan Carlos Garnica
Y así, como campeón NBA sin anillo, con su fama de jugador desestabilizado en el punto más álgido, es como el presidente del Carrera Venecia, Roberto Carrain, decide emprender uno de los más sonados fichajes de la historia de la pallacanestro. Haywood ve en Italia un lugar para seguir ganando buena pasta, sin soportar el rígido escrutinio de la prensa y los aficionados americanos.
En Venecia es recibido como una estrella de calcio, sus leyendas magnificadas y su condición de divo de la pelota gorda sin posible discusión. Desde la llegada de Bill Bradley, que le diera al Simmenthal su primera Copa de Europa en 1966, ningún fichaje había levantado la polvareda que el del ala-pívot americano. Sandro Gamba, Dan Peterson y todos los santones del basket transalpino se deshacen en elogios y tratan de ahuyentar cualquier suspicacia por su pasado; si él quiere puede marcar una época en el campeonato italiano.
Tonino Zorzi, su entrenador, manifiesta: “Al enterarme de su contratación no voy a ocultar que me sentí preocupado, pero nada más conocerlo y comprobar su disposición y dimensión humana todo se ha resuelto en deber entrenar a un hombre y un atleta como tantos otros, sólo que de mayor jerarquía”. “Haywood ha demostrado mucha seriedad, a las ocho de la mañana está en la cancha para hacer los ejercicios con pesas y se entrena dos veces cada día, como si fuera un hombre sin pasado”.
Nada más aterrizar, la nueva estrella lagunare, lanza un mensaje mesiánico a sus fans: “Estoy en Venecia sólo para jugar al baloncesto y para ganar todo lo que sea posible. Tras once años de carrera profesional, no pienso en el dinero, me considero un Mensajero del basket. Aquí he encontrado una dimensión humana, continuar al ritmo de vida de los USA hubiera sido masacrante, mucho mejor así”.
El primer año en Venecia es espectacular, centrado en su profesión, con la compañía de su mujer, la conocida modelo Imán, y su hija, residiendo en una lujosa casa frente al Gran Canal, Haywood da todo lo que tiene en cancha y apenas crea problemas, incluso acepta de buen grado el liderazgo en los sistemas de ataque del otro extranjero, el alero yugoslavo Drazen Dalipagic.
Los tifosi venecianos, que han desarrollado buen paladar con los Uribatán Pereira, Steve Hawes, Rick Sutter, Bob Christian y Neal Walk, lo adoran, considerándolo como otra obra de arte más en una ciudad donde el arte se respira en cada calle o canal, y grandes multitudes lo paran allá donde vaya, haciéndole sentirse querido.
La Reyer, patrocinada por la empresa de jeans Carrera, viene de la A2 y en su retorno a la máxima competición en el campeonato italiano, alcanza la séptima posición, tras peder en cuartos de 'play-off' frente al Turisanda Varese. Pero es en Europa donde se recorre mayor camino, llegando la final de la Copa Korac, si bien en su ruta se cruza un equipo catalán, un club canterano que viste de verde y negro, al que llaman la Penya.
La final se juega en el Barcelona, donde se desplazan cerca de 1.000 aficionados italianos, que viajan en dos vuelos charter y dos pullman, chupándose 24 horas de viaje, para ver a su equipo conseguir el primer título europeo de su historia. El Joventut y su afición son mayoría en un Palau que cree en el milagro de destronar a un equipo superior, con gente del calibre de Praja Dalipagic, los veteranísimos Luigi Serafíni, Stefano Della Fiori o Lorenzo Carraro, más los prometedores Giovanni Grattoni y Andrea Gracis.
El partido pasa por diversas fases de alternancia, pero cuando se entra en los últimos diez minutos, todo indica que los italianos, tirando de oficio, se llevarán el trofeo para casa, manteniendo ventajas cercanas a los 10 puntos. Con apenas un minuto por jugar, el título parece que se les escapa a los catalanes, + 9 para Venecia, pero la Penya confía en sus posibilidades y el americano Joe Galvin, un pívot blanco de casi siete pies, producto de Illinois State, bastante limitado en ataque, culmina la remontada cuando, tras un garrafal error de Dalipagic, anota una insólita canasta semilateral desde más de ocho metros y sobre la bocina, empatando el partido in extremis.
En la prórroga, unos desquiciados italianos son incapaces de dominar a un Joventut capitidisminuido, donde Manel Comas ha de contar con los adolescentes Jordi Villacampa y Francisco Solé en cancha, y la derrota se confirma, un gran golpe moral para Haywood que, a pesar de sus 30 puntos, no puede evitar que el título prometido se escape de sus manos; en las imágenes televisivas se le puede ver desesperado con sus compañeros, especialmente con el alero yugoslavo.
A pesar de la amargura, Haywood confirma su vuelta para la temporada siguiente, y en el Arsenale el público empieza a fantasear con igualar o superar el máximo histórico del club –tercer puesto– que se alcanzara en los añorados días del gran pívot Steve Hawes, hasta entonces máximo ídolo local.
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