Stockton: homenaje al baloncesto puro
Juan Miguel Ramiro
Con sencillez, como era él, como inevitablemente era su juego, uno de los mejores bases de la historia del baloncesto –seguramente el mejor junto a Magic Johnson–, que hemos tenido ocasión de ver en la tele los que no hemos cumplido aún –aunque nos falte poco– los 40. En esta era de los gigantes donde domina Shaquille 'LAMASAHUMANA' O'Neal, hay que rendir tributo a un tipo discreto y sencillo, que no dijo jamás las idioteces que oímos de otros jugadores de la NBA y que tantos titulares les reportaron y les reportan. Stockton no era ni alto, ni fuerte, ni excepcionalmente rápido, ni... ¡Ah! Pero era un jugador de depurada técnica –sí, eso que no consiguen meterle a Shaq en la mollera, que sigue tirando los tiros libres con el muñón, y no con la muñeca y los dedos–. Su cabeza funcionaba muy rápido, antes que las de los demás jugadores, y las instrucciones llegaban a sus manos para hacer del baloncesto esa especie de sencillo ballet, plástico e inteligente, que nos enamora, al menos a algunos, mucho más que un mate de una especie de increíble Hulk de 2,20 de altura y 150 kilos de peso.
No, no me pidan que me enamore del juego de O'Neal. Dominará la Liga, puede que le dé otro anillo a los Lakers –si San Antonio no lo impide–, destrozará a sus rivales avasallándoles físicamente, pero jamás me hará disfrutar con sus canastas de abusón, como he disfrutado con cualquiera del dos para dos entre Stockton y Malone –eso sí que es un matrimonio roto–. O con cualquier gancho del cielo de otra vieja gloria, como era Kareem Abdul Jabbar. No me pidan que adore a esta nueva generación de pseudoimitadores de Michael Jordan, porque nadie volverá a flotar en el aire como él. No me pidan que no eche de menos la inteligencia de aquel tipo rubio y regordete, que parecía fofo, lento e incapaz de saltar más alto que mi hija de tres años, cuando por una broma del destino, su apellido –sí, es Larry Bird– significa pájaro. Un pájaro que casi no volaba, pero uno de los más grandes de este deporte, todo técnica, y tiro, y muñeca y cabeza y cabeza y cabeza. Porque, verán, si algo diferencia al baloncesto de la lucha libre con balón; si algo distinguía a todos estos jugadores que acabo de nombrar, a Malone, a Magic, a Jordan, a Jabbar, a Bird y, sobre todo, a Stockton, era que en su cabeza había más juego del que nunca habrá en la de algunas de las actuales estrellas de la NBA.
Por eso, pese al desparrame de kilos y músculos del que hace gala hoy en día la primera Liga del mundo, otro maravilloso jugador, cojo de una pierna, él también de la generación del 64 –sólo eso y nuestro amor por el juego del baloncesto compartimos él y yo, para mi desgracia–, el lituano Arvidas Sabonis, ha jugado este año su papel en el Portland Trail Blazers con gran dignidad.
Como nos demostraba una noche tras otra ese tipo que no era más alto que nosotros, ni más fuerte, ni más rápido, ni más atlético; un individuo que no llamaría la atención en la barra de cualquier bar de cualquier ciudad del mundo, como noche tras noche nos dejó claro el mayor pasador y robador de balones de la historia de la NBA, como enseñó durante casi 20 años John Stockton: al baloncesto se juega con las manos y las piernas, con el cuerpo entero, pero sobre todo, antes que nada, se juega con la cabeza. Con lo de dentro, por cierto... no con lo de fuera. Por eso Frank Layden, su entrenador de tantos años en Utah, decía que lo que más le gustaba de Stockton era... que su abuelo tenía una estupenda taberna irlandesa. Con lo de dentro de la cabeza, amigos; con eso, sobre todo lo demás, se juega al baloncesto.




Escriba su comentario acerca de esta noticia: