Tanta armonía ya extrañaba...
Alejandro Morales
No hace mucho tiempo, los amigos de basketconfidencial eran testigos de las reflexiones de un servidor acerca de lo bien que habían salido las cosas en el seno del Club Baloncesto Granada en su regreso a la elite. El que se había denominado ‘proyecto de ciudad’, al menos aparentemente, había brillado con la cordura y la discreción como estandartes. Cuando digo discreción me refiero a lo bien que se habían sabido lavar los platos sucios de puertas hacía adentro, los muchos o los pocos que hubiera, si es que hubo algunos... No sé en qué medida influirían los éxitos deportivos (éxito fue conseguir la permanencia con solvencia) en esta armonía, imagino que bastante, pero el caso es que ahí adentro da la impresión (ahora) de que algo estaba creciendo poco a poco, de forma progresiva y aliándose con el tiempo, una tormenta se dibujaba sin remedio. Y a pesar de que siempre hay ‘hombres del tiempo’ capaces de barruntar con acierto las tormentas y los soles, a otros muchos nos ha cogido por sorpresa. Y nos ha inoculado la desazón en el cuerpo.
Carlos Marsá, presidente de la entidad, y José Julián Romero, consejero delegado, han roto relaciones, cual pareja de hecho que se enfada sin remedio. Para aquel que no se mueva por tierras granadinas no es fácil entender la alianza de estos dos señores, pero, hasta donde se sabe, la suya siempre ha sido una relación de conveniencia. El propio Romero (acaudalado empresario, dueño de diferentes negocios en Granada) lo ha reconocido en alguna ocasión: él ponía dinero para que el club funcionase sin problemas como sociedad anónima deportiva solvente. A cambio, Marsá le cedía unos terrenos recalificados en su ciudad deportiva para que Romero pudiese hacer pisos y recuperar su inversión. Los beneficios restantes repercutirían directamente en el propio club. La plaza de ACB, que todos sabemos que es un bien preciado por cualquier ciudad pero demasiado caro para muchas, pertenece al ayuntamiento de Granada, institución que en diferentes momentos de la historia reciente ha tenido duros encontronazos con Marsá, agravados por su particular forma de reivindicar las cosas (huelgas de hambre, manifestaciones de todas las secciones inferiores del club... etc). Así que José Julián Romero llegó como caído del cielo en el momento decisivo de apostar por el baloncesto. Él se encargaría de la gestión de la empresa, del día a día, daría la cara y viajaría con el equipo, a Marsá le correspondería un rol bajo la sombra, pero en la presidencia.
Ahora se han peleado y estoy convencido de que muchos granadinos temen que tras la calma llegue la verdadera tormenta. Romero dice que no pone más dinero porque el futurible beneficio de la recalificación ya hace tiempo que se quedó por debajo de lo que lleva gastado. Marsá no quiere irse y dice que ciertos activos municipales le apoyan. Romero está dispuesto a hacer otro club que se quede con la plaza de ACB, auspiciado por el Ayuntamiento. Estos, mientras, guardan silencio y son cautos... Un auténtico lío vaya.
Dicen que la campaña más difícil para un recién ascendido no es la primera, sino la segunda, y desde luego no sé muy bien quién tendrá más o menos razón en toda esta historia, supongo que los dos, o quizá ninguno. Tampoco me importa demasiado. Lo que sí tengo claro, como aficionado, informador de baloncesto y granadino, es que esta no es la mejor forma de iniciar el ‘proyecto de ciudad II’. Nunca segundas partes fueron buenas...






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