Tobías duerme y come
Paco Rengel
Dormir, comer, escuchar… Aún no distinguía bien los rostros de su nueva familia, pero fue su intuición la que le convenció de que la autora del pellizco era su hermana. Su instinto, y el sentido del tacto, ya que los dedos que apretaron su moflete eran demasiado pequeños. Con el paso de los días la casa fue adquiriendo su ritmo habitual. Por las mañanas el padre se encargaba de llevar a sus hermanos al ‘cole’ y su madre le dedicaba el día a él y a las tareas del hogar.
Tobías escuchaba conversaciones telefónicas reiterativas, que si el niño ya tenía los rasgos menos alargados, que había cogido no sé cuantos gramos de peso, que estaba más bonito... Él, casi siempre dormido, pero no durmiendo (¿Recuerdan a Cela en el Senado cuando le recriminaron que estaba durmiendo? Sí, el Premio Nobel respondió: “No, señoría. Estoy dormido”. “¿Y no es lo mismo?”. “No, porque no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo”.), ponía atención a lo que iba pasando en aquella casa para hacerse una composición de lugar. Sabía que vivía los meses menos comprometidos de su vida. Lo conocía por experiencia.



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