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Viernes 10 de septiembre de 2010

Una manifestación 'autorizada'

Deje su comentario  Ver comentarios 08-04-2004 06:21:24
Antonio Gómez Carra

Pensar en manifestarse multitudinariamente en el año 1958, durante la dictadura franquista, era pura utopía. Sin embargo, esto sucedió por aquellas fechas. Partido Real Madrid-Estudiantes un domingo por la tarde, día y hora estelares, para que acudieran todas las fámulas de Madrid que libraban e iban a animar a su R. M., enamoradas de lo albo de unas camisetas y de los 'encantos' de los Sevillano, Trujillano, Arturo Imedio, Alfonso Martínez, etc..

Asaltar el galeón madridista era dura empresa para los filibusteros estudiantiles, no tan encantadores ni tan atractivos como sus rivales merengues. A aquél R. M. era casi imposible ganarle y menos en su feudo. Andábamos por la segunda Liga Nacional y el Estudiantes contaba con los Abreu, Salaverría, Díaz-Miguel, Leopoldo Codina, Perea y un puertorriqueño estudiante de Derecho (doble nacionalidad), llamado William Preston (en el año 1974 me lo encontré en San Juan de Puerto Rico, como alcalde de esa ciudad en los Mundiales de ese año).

Llegamos al Frontón Jai-Alai (Fiesta Alegre) y lleno hasta la bandera. En la calle, la locura; una masa estudiantil, vocinglera y nerviosa, intentando entrar; unos duros cancerberos antipáticos y odiosos impidiéndolo. El partido se iba desgranando y desde el exterior oíamos los gritos de emoción de nuestros correligionarios. Pedíamos auxilio a quien entraba conocido y vino el milagro en forma de Manolo Cavido ('trainer' de toda la vida, q.e.p.d.) y con ocho entradas (no sé de donde las sacó), entramos cuarenta.

Ya había empezado el segundo tiempo, tanteo bajo (no existía límite de posesión) y apretado. Estudiantes aún siendo inferior tenía chance. Nuestra llegada fue apoteósica y al grito de '¡Forofas a fregar!', nacido en aquella época por las connotaciones ya apuntadas, reforzamos la presión ya asfixiante para el R. M.

Alcanzamos los últimos minutos con una pequeña ventaja de dos puntos, gracias sobre todo a los tiros escalofriantes a dos manos de José Abreu desde las esquinas ¡Si llega a haber 6,25, qué lujo! William Preston, jugador inteligente, forzaba faltas personales, convirtiendo sin fallo y de forma inexorable todos los tiros libres. Llegaba la apoteosis, las forofas de la esquina del bar (casi ancianas) lloraban el final apasionante. Victoria inesperada, ¡ganamos 46-41! ¡La invasión!

Salimos a la calle Alfonso XI enfervorizados. Seríamos unos trescientos y nos dirigimos cantando por la calle de Alcalá hacia Cibeles: ”Dicen que se ha muerto Garibaldi uh, Garibaldi uh…” el grito de siempre. Continuamos manifestando nuestra alegría y llegamos hasta la Puerta del Sol, donde estaba la Dirección General de Seguridad, cuartel general de los 'terribles grises'. Nadie nos dijo nada, nos disolvimos roncos de cantar y gritar y ningún policía se metió con nosotros. Creo que hasta se reían de nuestros cánticos y ocurrencias. Empezábamos a hacer historia; nos dejaron actuar, nos respetaban y veían que dentro del bullicio no causábamos ningún daño a nadie.

Posiblemente alguien consultaría al Palacio de El Pardo, aquello era algo insólito. Implícitamente nos autorizaron e implícitamente también nos aplaudieron. Habíamos ganado en dos frentes y hasta es factible que a partir de ese momento, y gracias a nosotros, se hiciera más flexible esa 'dura' dictadura.

• NOTA: El autor de este artículo fue entrenador de Estudiantes, Oximesa y Puleva de Granada, Caja Bilbao, Padeba de Badajoz y Complutense de Alcalá de Henares.

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