José María Martín Urbano
Nací hace más de cincuenta y un años en Málaga; el lugar fue un acierto total; el momento ya no estoy tan seguro, porque ya me hubiera gustado haber llegado aquí unos cuantos años después para poder disponer de todo esto que sobra ahora y no tener que esperar el año entero para disfrutar de la Navidad, porque ahora, caramba, cualquier día es 25 de diciembre.
Siendo sólo un adolescente me empecé a aficionar al baloncesto, a pesar de que entonces por Málaga el que había no era gran cosa, y en la televisión todo quedaba reducido al Real Madrid de Ferrándiz, un equipo capaz de enamorar a cualquiera, convertido para una verdadera legión de aficionados en referente histórico y germen de una pasión, como después lo serían Santana o Ballesteros en otros deportes que utilizan bolas más pequeñas.
En el año 69, aunque nadie puede decir que se vivía mejor que ahora, yo encontré trabajo al día siguiente de terminar mis estudios de Magisterio, y algo parecido le ocurrió a la mayoría de mis compañeros de promoción. Al atravesar la puerta del colegio lo primero que había era un campo de mini-basket. Como no era capaz de entusiasmar a los alumnos en la clase los bajaba a la cancha muy a menudo. Como es fácil imaginar, yo de baloncesto tampoco sabía nada; sin embargo, fue nuestro deporte el que ganó para mí a esos chicos. Empecé a inscribirme en cuantos cursos y clinics de entrenadores se anunciaban fueran donde fueran.
Todo me parecía poco; entrenábamos tres veces al día, mi afición se convirtió en obsesión y en esas estamos treinta años después. Pronto fiché por el C. D. Málaga para entrenar al equipo juvenil y en dos años estaba dirigiendo al primer equipo con muchos jugadores mayores que yo. Como dice el refrán: Dios los cría y ellos se juntan. Conocer a Alfonso Queipo de Llano era lo único que me faltaba para acabar de perder la cabeza. Durante dos años en los que entrené al equipo junior de El Palo y participé en mi primera fase final del campeonato de España -año 76 en Vinaroz-, fui testigo privilegiado de cómo Alfonso se gastaba todo el dinero del mundo para intentar levantar nuestro deporte en Málaga; miles de kilómetros juntos en su inolvidable Seat 1500 para asistir a una charla, un clinic o una concentración... ¡Qué lejos estaba todo y qué difícil resulta hoy entender aquella locura!
En poco tiempo y de una manera que jamás hubiéramos soñado, todo iba a cambiar. Mi cuñado, empleado de la Caja de Ronda, tuvo que insistirme varias veces para que me comprometiera a colaborar con la Caja en la organización de unos juegos deportivos para empleados. Ya que estaba allí decidí hacerlo con un poco de entusiasmo, sobre todo para que el hermano de mi mujer quedara bien. Conocí a Paco Moreno y enseguida conecté muy bien con él. Terminados aquellos juegos decidí echarle cara y le solicité el patrocinio de la entidad de ahorro para nuestro club. Yo mismo fui el primer sorprendido de su respuesta: en unos días estábamos preparando presupuestos, fotografías y dossier de prensa para venderle a Don Juan de la Rosa, director general, ese producto, que según Paco tan bien yo le había vendido a él.
Conectar al baloncesto malagueño con la caja de ahorros es un orgullo personal que nadie podrá quitarme nunca y la única razón de que mi ciudad y el deporte que me apasiona, unidos, sean hoy un ejemplo a imitar en toda España. Desde el 77 hasta el 98 han sido más de veinte años, especialmente los quince primeros, en los que Caja Ronda-Unicaja ha sido mi mujer, mi madre, mi hijo, mi gozo, mi pesadilla, mi alegría, mi tristeza, mi trabajo, mi afición, mi desayuno, mi almuerzo, mi cena, mis mayores satisfacciones y mis grandes disgustos. He sido director deportivo, coordinador de cantera, entrenador de equipos de formación, asistente y entrenador del primer equipo; he dirigido 88 partidos en al máxima categoría -muchos antes de existir la ACB-.
He sido ayudante de Alfonso Queipo, Ramón Guardiola, Moncho Monsalve, Ignacio Pinedo, Arturo Ortega, Zoran Slavnic y Mario Pesquera, todo un catálogo. Mi última temporada como responsable del equipo en la élite fue la 91-92. A partir de ese año, desaparecido el Mayoral-Maristas, y con muchos de sus miembros en el Unicaja, mi vida se endureció muchísimo. Lo soporté todo lo mejor que pude durante cinco años que como entrenador fueron maravillosos. Cuando, por fin, había empezado a entender este juego, y estaba seguro de poder aportar mucho a la formación de los jóvenes jugadores tuve que marcharme para no acabar barriendo el pabellón. Mi gran error fue creer que aquella era mi casa.
En los últimos años desempeño la labor de analista en el diario 'Sur' de Málaga, una tarea que he iniciado con la misma ilusión que empecé la de entrenador, que me llena totalmente y que de manera esporádica desempeño también en Canal Sur.
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